JUGAR CON LAS FANTASÍAS AJENAS
- Raquel Mingo

- 29 abr 2018
- 1 Min. de lectura

Acabo de colgarle el teléfono a mi hermana. Aún estoy secándome las lágrimas. Creo que no me había reído tanto en meses.
Os pongo en contexto:
Mi hermana:
Al día siguiente de leer tu historia me fui de compras; vestido rojo en mano y dos copas de champán.
—¿Oiga? ¡Estoy en el tercer vestidor de la derecha!
La dependienta no paraba de preguntarme:
—Señora, ¿necesita algo?
—¡Que no, que estoy esperando al tío de los ojos azules!
Por su expresión, estaba a punto de llamar al de seguridad, pero yo me limité a retocarme el pintalabios color sangre y a bajarme el escote, en espera del maromo ese que describías en la historia del probador. Y, como ese día no apareció, pues me estoy fundiendo la tarjeta de crédito de tu cuñado en las tiendas de moda, día sí… y día también.
Entre eso, y la experiencia que estoy cogiendo en cambiarme los zapatos de terciopelo por unas manoletinas de batalla en plena circulación… apenas me queda tiempo para atender a los niños y saludar por las noches a mi marido. Pero, joder, qué bien se me da ya: terciopelo, manoletina, terciopelo, manoletina, terciopelo… manoletina… A ciegas y sin soltar el acelerador. Mis hijos me miran raro, y a veces alguno me pregunta:
—Mamá, ¿qué haces?
—Déjalo, déjalo. Cualquier día, pasa.
En serio, Raquel, esto está afectando a mi felicidad conyugal y empieza a no tener gracia.
A mí me parece que estás jugando con mis fantasías…
Os lo prometo, ¡es verídico!












































































































































































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