DESAYUNOS CON SABOR A... MÁS
- Raquel Mingo
- 25 nov 2018
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 1 mar

Patricia soltó el bolígrafo sobre el escritorio sepultado en papeles con un gesto que destilaba frustración y cansancio a partes iguales. Se sentía inquieta, acelerada y, para qué engañarse, preocupada. Repasar las nóminas de más de un centenar de empleados era una tarea que detestaba con cada fibra de su ser, pero su mal humor no tenía nada que ver con los números. Apretó las teclas con fuerza, tratando de pulverizar el caos que reinaba en su mente.
Unos ojos oscuros y cargados de melancolía se colaron en su campo visual, emborronando la pantalla y sustituyendo el cuadrante del personal de limpieza.
Apretó los dientes y soltó un suspiro irritado.
¿Por qué no había desayunado en la oficina, como hacía cada día?

¿Por qué permitió que su mirada se enredara con la de aquel desconocido que la contemplaba con algo parecido a la fascinación? ¿Por qué dejó que esos ojos dulces, del color del caramelo caliente, le calaran hasta el alma?
Una conversación. Solo una breve charla mientras daba cuenta de un Nesquik y unas tortitas con sirope que ella no había pedido, pero que aparecieron frente a sus narices porque ese extraño de sonrisa fácil parecía leerle los pensamientos. Y, ahora, fantaseaba en horas de trabajo como si un arcoíris gigante se hubiera instalado sobre su cabeza.
Él se había atrevido a decirle que quería saberlo todo de ella. ¿Qué significaba todo? ¿Sus medidas? ¿Su perfume? ¿El color de su ropa interior o el nombre de sus miedos más profundos? ¿Sus sueños de infancia o el apellido de cada uno de sus fantasmas? ¿Y para qué quería saberlo?
Su compañera le preguntó algo sobre un presupuesto y ella asintió distraída. Esperaba no haber autorizado la compra de una máquina dispensadora de profilácticos; aunque, tratándose de una residencia de ancianos, aquello al menos le daría algo de chispa al lugar.
Consultó el móvil por enésima vez con la excusa de verificar la hora, pero sabía de sobra que el único símbolo que buscaba era el de las llamadas perdidas. ¿En qué momento se le ocurrió darle su número al chico de los ojazos tristes?
Sacudió la cabeza, regañándose de nuevo, y recogió sus cosas dispuesta a marcharse a casa y borrarlo de su memoria para siempre. Estaba abriendo la puerta del coche cuando sonó el inconfundible pitido de WhatsApp.
¿Qué haces?
Sentada frente al volante, leyó las palabras tres veces. El corazón le golpeaba las costillas con tal fuerza que se planteó borrar el mensaje, bloquear el número y prenderle fuego al móvil. Bueno, quizá con destruir la tarjeta SIM bastaría.
Y, sin embargo, se descubrió sonriendo en la penumbra del parking, consciente de que estaba loca por saltar al vacío.
Estaba pensando en ti.













































































































































































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