• Raquel Mingo

DESAYUNOS CON SABOR A... MÁS

Patricia soltó el bolígrafo sobre la mesa llena de papeles en un gesto que denotaba frustración y cansancio a partes iguales. Se sentía intranquila, acelerada y sí, preocupada. Y si bien era cierto que repasar las nóminas de más de un centenar de personas era un trabajo que detestaba con cada fibra de su ser, aquello no tenía nada que ver su estado de ánimo. Machacó las teclas con fuerza, a punto de hacerlas volar por los aires, junto con sus disparatados pensamientos.

Unos ojos oscuros, tristes y cargados de melancolía, se colaron en su campo visual, emborronando la pantalla y sustituyendo el cuadrante del personal de limpieza.

Evitó maldecir y eligió en su lugar un largo suspiro, mitad desconcierto mitad irritación.

¿Por qué esa mañana no había desayunado en la oficina, como todos los malditos días, y se había decidido en cambio por la nueva y llamativa cafetería de enfrente?

¿Por qué por una vez observó a su alrededor y dejó que su mirada se cruzara con la de aquel desconocido que no dejaba de contemplarla con algo parecido a la… fascinación?

¿Por qué permitió que esos ojos dulces como el caramelo caliente le llegaran al alma?

Una conversación. Solo una pequeña conversación mientras se tomaba un Nesquik y unas tortitas con sirope de chocolate que por supuesto ella no pidió pero que encontró frente a sí porque aquel extraño de sonrisa fácil parecía conocerla mejor que ella misma y de repente fantaseaba en horas de trabajo como si un enorme arcoíris se hubiera instalado sobre su cabeza.

Porque él se atrevió a decirle que quería saberlo todo de ella.

¿Qué era todo?

¿Sus medidas, su marca de perfume, el color de su ropa interior, sus miedos más profundos, sus sueños de niña, el nombre y apellidos de todos sus fantasmas?

¿Y por qué quería saberlo?

Su compañera le preguntó algo relacionado con un presupuesto y asintió distraída. Esperaba no haber autorizado la compra de una máquina dispensadora de profilácticos. Aunque eso podía ser divertido tratándose de una residencia de ancianos.

Miró el móvil por enésima vez, se dijo que para verificar la hora, no fuera que estuviera regalándole un minuto a los jefes, pero era muy consciente de que el símbolo que retenía toda su atención era el de las llamadas perdidas.

¿Cómo se le había ocurrido aceptar darle su teléfono al chico de los ojazos tristes?

Sacudió la cabeza, regañándose… otra vez, y recogió sus cosas, dispuesta a marcharse a casa y olvidarse de él para siempre.

Estaba abriendo la puerta del coche cuando sonó el inconfundible pitido del WhatsApp.

—¿Qué haces? —Se sentó frente al volante y leyó las palabras tres veces, con el corazón golpeando con fuerza contra sus costillas, segura de que tendría que cerrar el mensaje, borrar su número y prenderle fuego al móvil. Bien, suponía que con cargarse la tarjeta serviría.

Y sin embargo se encontró sonriendo en la oscuridad del desierto parking, mientras pensaba que estaba loca por saltar al vacío.

—Estaba pensando en ti.


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