MIS JIMMY CHOO ME LLEVARON HASTA ÉL
- Raquel Mingo
- 28 abr 2018
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 22 feb

Cambiarme de zapatos en medio de la M-30, mientras conduzco como una loca intentando no salirme de mi carril, es una de las cosas más difíciles y estúpidas que he hecho últimamente. Aparte de tirarme a mi vecino de descansillo y de decirle esta tarde a mi jefe que era un capullo.
Vale, esto último se lo repito media docena de veces a la semana, así que ya no tiene la misma fuerza de las primeras ocasiones, cuando se me quedaba mirando con cara de tonto y la mandíbula desencajada.
En fin, volviendo al tema: la sustitución de mis preciosos Jimmy Choo de terciopelo negro. Me los compré en Navidad para impresionar a mi último ligue —uno que me sacaba más de una cabeza—, así que tienen un tacón de aguja de quince centímetros. Eso hace que sea imposible hacer nada con ellos, salvo quedarme plantada en una sala como un pasmarote —un pasmarote con piernas de infarto, eso sí—, y ahora toca sustituirlos por unas manoletinas de piel, cómodas y bastante gastadas.
Hacer el cambio del zapato izquierdo no supone problema alguno: diez segundos máximo y un par de sonrisillas socarronas; la mía y la del taxista cincuentón de mi izquierda, que se ha dado cuenta de mi maniobra, y al que le gustaría tener una excusa para ligar, a pesar de que vamos a setenta por hora.
La complicación viene con el pie derecho. En cuanto lo suelte del acelerador, me ganaré, como mínimo, un coro de bocinazos al obligar al resto de conductores a frenar en seco.
«Jodeeerrr». No es ir con un zapato de cada lo que me pone de los nervios, sino que voy a estropear el exquisito terciopelo, y no podré repararlo. No entiendo cómo me las apaño, pero en lugar de clavar el tacón, termino por apoyar parte del talón contra la alfombrilla, y todo mi calzado acaba para el arrastre.
Miro al frente —estaba bastante enfrascada en la visión de los bajos del coche, donde los dos objetos en cuestión parecen burlarse de mi apuro—, y una sonrisa blanda y bastante maliciosa va dibujándose en mi boca según veo acercarse el comienzo del túnel. Ya sabía yo que las cuesta abajo tenían alguna finalidad, aparte de cumplir algún fetichismo de sus creadores.
Me apresuro a soltar el pedal y a comenzar la rápida maniobra. El estridente sonido de una sirena me hace saltar en mi asiento y gritar una palabrota muy fea, antes de mirar en todas direcciones como una desquiciada e incrustar mi pie desnudo en el freno, con lo que consigo que el idiota de atrás se acuerde hasta de la quinta generación de mis antepasados. Nota mental: pedirle una relación completa, no tengo ni idea de quién fue mi trastatarabuelo.
Termino por descubrir la dichosa moto azul marino junto a mi puerta, y al gilipo… —uy, perdón—, al agente que me hace señales para que me detenga en el arcén. Imagino que eso es lo que pretende con los insistentes movimientos de su mano.
Suspiro; tengo una cita muy importante en cuarenta minutos y necesitaré hora y media para estar divina; aunque confío en que él me perdonará en cuanto vea el conjunto de La Perla que he comprado para la ocasión.
Pongo el intermitente —un detalle que solo tengo con los funcionarios— y me detengo en el arcén. Espero a que se baje de su moto de juguete para venir a tocarme las narices, algo que no tarda en suceder.
Toc, toc, toc.
Aprieto los dientes ante los golpecitos en el cristal y bajo la ventanilla, lista para desplegar mi sonrisa "fundecerebrosmasculinosesenoeldemásabajo". Un nombre ridículo, lo sé, pero tras cuatro años de pruebas empíricas, mis amigas, Clara y Montse, se niegan a rebautizarla.
—Buenas tardes. Sabe por qué la he parado, ¿verdad?
Mummm… La voz de este poli es profunda, vibrante y peligrosamente sensual.
—¿Para pedirme el teléfono?
Lo sé. Soy una chula. Pero es lo que hay y me va bien así.
Escucho la risa entre dientes antes de alzar la cabeza y quedarme literalmente sin respiración.
«Joder con el cuerpo nacional de policía…».
Se ha quitado el casco y es, sin exagerar, el tipo más brutalmente guapo que he visto en mi vida. Estoy pensando seriamente en alistarme, o en presentarme a las oposiciones, o lo que sea que haya que hacer para estar todo el día al lado de este espécimen.
«Tíratelo», dice la chica mala y provocadora que hay en mí.
«Así estarás muy al lado suyo»
—Hace un calor insoportable, ¿verdad? —comento.

—¿Sí? —pregunta desconcertado—. Estamos en Enero.
Hago un gesto con la mano, descartando el asunto, y me pego dos tortas mentales.
—Tengo muchas calorías. Y bastante prisa. ¿Podría leerme los cargos… o lo que sea?
«Esa sonrisa haría que las bragas de una monja de clausura se deslizaran por sus flacos muslos sin que ella lo notara, hasta acabar espatarrada en el suelo en un revoltijo de faldones de basto algodón».
El dueño de tan maravillosa sonrisa se limita a girar el cuello y fijar la mirada en un punto muy concreto de mi anatomía.
—Mis pies están bastante más abajo —apunto con diversión.
—Es que son unas piernas de infarto —admite.
—¿Tiene permitido decir eso?
—Soy la autoridad. Puedo hacer lo que quiera.
—Ya. —Le sigo la corriente. Aunque los dos sabemos que fanfarronea—. ¿Quiere mis papeles?
—Sí, deme el carnet de conducir. Y su DNI.
—Verá, señor guardia… Si lo que le interesa es mi dirección… —Parpadeo con ostentación, aunque no haga falta. Lo tengo donde quiero—. Basta con que me la pida. Si es lo bastante persuasivo, puede que hasta se la apunte en un papel.
El hombre se muerde el labio inferior mientras me observa. Se me eriza la piel ante el brillo acerado de sus iris verdes.
—¿Intenta sobornarme, señorita? ¿O es señora?
—Larie me va bien —confieso, haciéndole morritos.
—¿Larie?
—De Laura.
—¿Sabe que lo que estaba haciendo no solo era ilegal, sino muy peligroso?
—Solo si hubiera chocado —Le rebato con ojos de cordero degollado. No parecen conmoverle pero al menos le divierten, a juzgar por la sonrisilla que tironea de sus carnosos y provocadores labios—. Y estaba a punto de culminar mi… delito cuando me interrumpió.
Tener unos ojos como los suyos debiera estar prohibido. En serio, me remuevo en el asiento ante su atenta mirada, que parece leerme sin dificultad, como si apartara la paja y se quedara con la esencia. Y es mi esencia de lo que estamos hablando.
Los primeros acordes de Mi nuevo vicio, de Morat, suenan a todo volumen a través del manos libres del coche y suspiro para mí, obligándome a buscar el móvil en mi bolso mientras la canción sigue sonando entre nosotros.
Cuando lo tengo, dejo pasar un momento, en el que leo el nombre de mi cita de hoy, antes de colgar sin más y tirar mi IPhone X sobre el asiento del copiloto. Después, me inclino, recojo la manoletina, y me la pongo.
Al incorporarme, los ojos verde intenso me esperan, oscilando entre la diversión y el fastidio. También contienen esa admiración masculina que me resulta tan familiar. Suelo provocar todo un caos emocional a mi alrededor. Sé muy bien cómo soy y no me disgusto. Al que lo haga, que arree.
—Bueno, agente, el tiempo realmente vuela con usted, pero me temo que mi ajetreada vida social me reclama en otra parte de la ciudad; bastante lejos, por cierto. Así que, si no pretende esposarme al cabecero de su cama… —Dejo un segundo para crear expectación antes de seguir—, he de irme, porque mi cita de esta noche sí que tiene planes malvados para mí.
Si mi intención era sacarle los colores, me he equivocado de juego. El tipo está como si nada, apoyando la cadera y un brazo contra la carrocería de mi coche. Esa fastidiosa sonrisa que muestra todos sus dientes me jode bastante, la verdad; sobre todo, porque convive con un brillo de interés sexual en su mirada que me pone cardiaca.
—Aquí tiene. —Observo, patidifusa, cómo me tiende la multa junto con mi documentos. Los cojo por inercia, sin salir de mi asombro, y alzo la vista hacia él—. Estamos creando atasco. Será mejor que continúe, señorita; no quisiera ser el responsable de que se pierda esos planes tan... excitantes que tiene por delante.
Soy una persona apasionada. Cruda, fogosa, exaltada. Así que me muerdo el labio hasta hacer sangre, arranco el motor, y salgo a toda pastilla de allí. Y no, joder, no he puesto el intermitente. Ni siquiera me he fijado si venía alguien por el carril que acabo de invadir, y estoy rebasando con creces los setenta kilómetros por hora que marca la señal que tengo delante.
Me importa una mierda. Estoy… ¿furiosa? En realidad, no. Sé perfectamente que no puedo cautivar a todos los hombres, aunque admito que no es algo que me pase muy a menudo. Vale, es la primera vez en mi vida que me ocurre.
El problema es que el morenazo de los ojos de gato estaba bueno y aceleraba mi corazón más que el siete de enero, día oficial de las rebajas. Deseaba conocerlo, tanto dentro como fuera de la cama. Eso es lo que me tiene es este estado de nerviosismo. La sensación de pérdida. De haber rozado algo y haberme quedado en las puertas.
Giro la cabeza y veo la infame hoja. Estoy en un tris de romperla sin más. Nunca pago las multas. Se acumulan en algún cajón de mi casa desde hace años. Algún día, me embargarán la nómina y mi jefe tendrá un motivo más para amenazarme con el despido. Porque mi lenguaje ofensivo, mi ropa indecente y mis horarios a la carta no le parecen justificación suficiente para cuestionar mi profesionalidad; al final, el buen trabajo que le ofrezco siempre termina pesando más.
Al final, cojo la dichosa multa y le echo un vistazo por encima, alternando mi atención entre la carretera y la elegante caligrafía.
Mi carcajada debe de oírse en todo Madrid, pero es que no puedo evitar la alegría que siento en este momento.
Si lo que quieres es perversidad, estaré encantado de portarme muy mal contigo.
Pero la primera vez será lento y suave, porque quiero que dure.
Te llamaré, pero deshazte de ese tal Carlos. Yo no comparto.
Es cuanto pone en la dichosa multa.
No me planteo cómo va a conseguir mi número. Al fin y al cabo, estamos hablando del cuerpo nacional de policía.
¡Y qué cuerpo, señor!













































































































































































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