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  • Raquel Mingo

Aperitivo 2 de LAS HIJAS DEL MONSTRUO



—Tengo la sensación de que la relación con mis hermanas se desmorona —termino por confesar.

Zora se incorpora en su silla, con el entrecejo fruncido.

—¿Por qué piensas eso?

Aprieto los labios, en una mueca que muestra mi propia incomprensión.

—No sé cómo explicarlo.

—Inténtalo —me anima—. No te preocupes si te parece que no tiene sentido, limítate a vomitar tus sentimientos. Yo me encargo de encontrarles significado.

Inhalo profundo y, a pesar de sus instrucciones, trato de ordenar mi caos interior. De lo contrario, ninguna de las dos nos vamos a enterar de nada.

—Siempre nos hemos esforzado por vernos a menudo. No dejábamos que transcurrieran más de dos o tres semanas sin reunirnos y manteníamos un vínculo sólido y estrecho. Ahora, pueden pasar cinco o seis meses sin que ninguna haga el esfuerzo de quedar, y nuestro trato se ha vuelto… forzado. —Doy un trago al té, aunque lo que me apetece es pimplarme un gin-tonic—. La mayor parte del tiempo parece que estemos compitiendo: quién es más guapa, más lista, más ligona, más rubia… Como no tengo hijos, me han descalificado de ese campeonato, gracias a Dios —continúo desahogándome con amargura—. Hasta mi cuñado ha comentado últimamente que las unas sacamos lo peor de las otras. ¿No se te antoja una idea triste de narices?

—Voy a contestarte con otra pregunta: ¿puede que hayas magnificado el problema? Te cuesta horrores tratar con la gente, incluso si esta pertenece a tu familia, y con frecuencia te encierras en ti misma, sin importar que estés rodeada de personas. Además, eso de que la confianza da asco es una verdad como la copa de un pino; a veces, los roces entre hermanas son inevitables, pero eso no significa que vuestra conexión se haya debilitado.

Niego con la cabeza y me hago un ovillo en el sofá. Parezco una niña insegura y perdida, y me pregunto si una parte de mí no lo ha sido toda la vida, a pesar de que haya otra que se come el mundo al levantarse cada mañana.

—Creo que no conectamos. En realidad, se reduce a eso, ¿sabes? Nuestra unión aparentemente inquebrantable se desvanece porque cada una es un recordatorio constante del infierno que vivimos. Mirarnos a los ojos acarrea la molesta consecuencia de reconocer que estamos rotas. Y ninguna quiere acordarse de eso.

—Te he repetido mil veces que no me gusta que uses la palabra «rota».

—Y, sin embargo, jamás has negado que lo esté.

Zoraida se inclina hacia mí y me toma la mano, apretándola con suavidad.

—Tienes tantas cicatrices que, si estuvieran a la vista, la gente se horrorizaría al contemplarte. Los seres humanos carecen de la bondad necesaria para reconocer a la gran mujer que se oculta detrás de todas esas marcas —asegura, en tono despectivo—. A lo largo de los años, entre las dos hemos conseguido que algunas se hayan desdibujado hasta convertirse en finas líneas blancas, apenas perceptibles, pero hay otras que aún se abren a la menor oportunidad porque la carne sigue infectada.

—¿Y cómo las curamos? —susurro, desesperada por sanar.

—Con paciencia y confianza. Con mucho amor; dándolo a manos llenas, pero, en especial, permitiéndote recibirlo, que es una de las cosas que más miedo te dan en este mundo. Y lo más importante: teniendo esperanza, Blanca.



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