EL VOLCÁN DE MI DOLOR
- Raquel Mingo
- 16 may 2018
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 22 feb

La rabia se agitaba en su interior como la lava correría ardiente y descontrolada por el interior de un volcán.
Desde el pequeño pueblo, alegre y pintoresco, no se podía apreciar el peligro, porque la aparente calma cubría el lugar como un manto de paz, engañando al caminante y confiriéndole una sensación de seguridad que se rompería en cuanto el gigante dormido despertara.
Ella era así. Ardía despacio, entre bastidores; esperando su momento. Y, cuando este llegaba, era imparable.
Intentó controlarse; se dijo que al día siguiente todo se vería mejor. Pero sabía que no era cierto. Jamás se retractaba de las decisiones que tomaba, aunque fuera en plena ebullición.
Notó cómo la presión podía con los límites de su resistencia y el recipiente que la contenía se resquebrajaba. La ira y la frustración se filtraron por los poros de su ser.
Finalmente, se dejó ir. Porque nada tenía sentido si no era fiel a sí misma. Podía perderlo todo pero sería dueña de su destino. Para alguien que se había extraviado tantas veces en un camino cruel y despiadado, esa lealtad valía cualquier precio.
Y el volcán escupió su ceniza; cubriendo las casas, los coches, los árboles, envolviendo el cielo en un color oscuro y plomizo.
Y después llegó el magma; abrasador, destructivo e imparable.
Y, con una furia sin límite, sin discriminar, sin contemplaciones, acabó con todo.

Aquel pueblito animado y encantador quedó reducido a cenizas. Ni siquiera eso aplacó al volcán, que continuó escupiendo resentimiento y rabia hasta quedar vacío; entonces, solo pudo llorar, hecho un ovillo en un rincón, tiritando de frío y de dolor.












































































































































































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