• Raquel Mingo

VEN… QUE TE LO CUENTO


Miro a la mujer que baila descarada y sin inhibiciones en la pista de baile y oculto una sonrisa tras mi vaso de ron con Coca-Cola. Los hombres siempre la han rondado, en parte porque es preciosa y su sensualidad incita su hambre pero todos intuyen lo que hace tiempo que yo sé, que hay mucho más oculto, y se mueren por llegar hasta ella.

Escucho sus carcajadas, roncas y escandalosas, que hacen que todo el mundo a su alrededor se contagie, porque cuando Amanda ríe, en realidad brilla.

Siento cómo todo mi cuerpo se tensa mientras la veo acercarse despacio. Coloca los brazos alrededor de mi cuello y me escruta con sus preciosos ojos verdes.

—¿Qué miras? —pregunta, aunque estoy seguro de que sabe de sobra la respuesta.

—Un ángel. —Como siempre que digo esas dos palabras esconde lo que siente, esta vez bajando la vista a mi corbata. Sus caderas se mueven al compás de la lenta melodía y yo la sigo, contento de tenerla entre mis brazos. Su vestido blanco, que tendría que haber sido rojo a juego con su personalidad y su arrolladora pasión, no representa las promesas que nos hemos hecho hoy, sino las que llevamos tiempo cumpliendo pero me siento feliz de verla vestida así.

—Lo ángeles no existen.

—¿Eres el último? —insisto. Es una guerra sin vencedor. Ya la hemos luchado en muchas ocasiones pero seguiremos haciéndolo mil más. Me pierdo en su boca y da igual cuántas veces lo haga, siempre me parecerá el primer beso—. Dime que me quieres. —Su sonrisa es de los regalos más bonitos que recibo cada día y porque lo sabe, me la entrega sin reservas.

—Eres el hombre de mi vida.

—Ha sido un camino largo.

Durante unos segundos nos limitamos a mirarnos, estoy seguro que recordando cada escollo que hemos debido superar para estar aquí. Después sonreímos a la vez, porque todo ha merecido la pena. Ella y yo. Juntos. Hoy. Lo demás no importa.

Por supuesto el momento de intimidad no dura. Es el día de nuestra boda y los moscones quieren su premio de consolación, es decir, manosear a mi mujer en la pista de baile, aunque sea durante una canción. La veo alejarse con resignación, contentándome con la idea de la noche de bodas y el viaje a Estambul, donde la tendré solo para mí.

Mandy se da la vuelta y su susurro me llega con la misma fuerza de un grito.

—Te amo. —Y sé que esto es ser feliz.


—Así habría sido —me dice la mujer de mediana edad que me observa con cariño veinticinco años después. Esos ojos verdes siguen siendo los más bonitos que haya visto. Nos giramos hacia la puesta de sol y ambos sonreímos.

Sí, así habría sido... de habernos atrevido.



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