LA TEORÍA DE LOS PASTELES
- Raquel Mingo
- 21 abr 2018
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 15 feb

Le conté mi teoría. Bueno, no era mía en realidad, sino de un amigo un tanto cínico e insensible.
“La teoría de los pastelitos”, la bauticé. Me entra la risa cada vez que lo pienso.
Según mi amigo –el cínico, que vamos a empezar a liarnos nada más empezar–, las mujeres somos todas como pasteles. Unas de deliciosa crema; otras de esponjosa nata montada; las hay de empalagoso merengue; incluso de eléctrica y ácida cereza.
Ah, y de plástico. Esas son las que, en mi opinión, bajo ningún concepto deberían catalogarse como pastelitos (bueno, sobra decir que el resto tampoco). Son trabajadoras, serias, cautas, y muy, muy prudentes a la hora de decidir a qué hombres permiten entrar en su círculo.
La cuestión parece ser que según este compañero (sigo hablando del desvergonzado), todos los hombres tienen apetito –supongo que en este punto de la historia no tengo que explicar de qué–, y quieren comernos a toda costa. Da igual si son alérgicos al chocolate, si están a dieta, si ya tienen dulces en casa, o si eres un pastel de plástico. Siempre tienen hambre, a todas horas y cualquier día del año.
Mi otro amigo –más tranquilo y sosegado que el primero–, escuchó con atención tan interesante (y disparatada) teoría, y después de un momento de pensarlo, me miró muy serio y me dijo:
—Tú nunca serás para mí un pastelito. Pero si alguna vez tuviera que ponerte un sabor, serías…
AGGGGGGHHHHHH!!!!













































































































































































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