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RENOVARSE O MORIR

  • Raquel Mingo
  • 8 jun 2018
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 1 mar


Natalia estaba plantada como un pasmarote frente al lineal, mirando sin ver las baldas blancas, ajena a las ojeadas curiosas de los compradores que esquivaban su carrito.

No podía dejar de pensar en que hacía dos meses que Alfonsín —en ese momento el apelativo le pareció ridículo— la había abandonado tras cuatro años de noviazgo serio y sin tropiezos, a solo seis meses de la boda.

Pero lo que de verdad martilleaba su mente eran las palabras de su amiga Carlota: «¿Pero cómo no iba a dejarte, alma cántara, si lo más arriesgado que hacíais en la cama era besaros con la luz encendida? Si al menos hubieses probado a hacerte la depilación brasileña… Tienes que renovarte o morir. Sé sexi, desinhibida... Empieza por contestar cuando un hombre te diga hola en la cola del súper, mujer». Cata era así: descarada y sin complejos. Y sin vello sobrante.

Al menos lo de la depilación lo había solucionado el día anterior —una experiencia que Natalia calificaría de casi religiosa—, y el siguiente paso la había conducido hasta los expositores de lubricantes. Estaba atónita ante tanta variedad.

—Doy fe de que el de fresa y vino es sublime.

La voz, filtrándose directamente en su oído, la hizo dar un respingo. Se giró dispuesta a soltarle un sopapo a aquel pervertido, pero se quedó embobada. El tipo era... perfecto. Una de sus mayores dudas existenciales se aclaró al instante: esos hombres existían fuera de las pantallas.

Recordó dónde estaba y qué examinaba con tanto celo, y deseó que apareciera una horda de zombis hambrientos para sacarla de ese lío.

—¿En serio? —logró decir—. Me temo que yo soy más de... Nieve afrodisíaca, Champagne o Piruleta —rebatió, rescatando a la desesperada los nombres más absurdos que recordaba haber leído.

La sonrisa divertida que asomó a los labios del desconocido no le dio pistas de si estaba haciendo el ridículo o, por el contrario, lo había impresionado, pero los consejos de Cata seguían resonando en su cabeza como una letanía.

Él echó un vistazo a su carro. El inventario era de juzgado de guardia: dos cajas de preservativos —talla XL, porque siempre había pecado de optimismo—, un consolador de un rosa vibrante que Carlota le había ordenado comprar por ser «más prioritario que la comida» y otro juguete diminuto que planeaba colgarse en el llavero para situaciones desesperadas.

Natalia se dio un par de collejas mentales. «Este adonis va a pensar que soy una obsesa sexual».

—Ya veo. ¿Separada?

Ella alzó el mentón, recogió los pedazos de su dignidad y le sostuvo la mirada.

—Plantada.

Se marchó despacio, con la espalda muy recta, empujando el carrito con elegancia hasta que logró doblar la esquina del pasillo. Solo entonces se apoyó en aquel armatoste al que se le trababan las ruedas y respiró hondo.

Alfonsín era un sinvergüenza; eso ya lo había asimilado. Lo que tardaría más en olvidar eran los cuatro años de relación.

¿Pero a quién pretendía engañar? Ella no era como Cata; no creía que un clavo sacara otro clavo y, desde luego, no iba a buscar a un semental que le enseñara a usar todos esos cachivaches.

Con disimulo, fue abandonando el botín por los pasillos: los preservativos, los consoladores —aunque el pequeño casi se lo queda para masajearse los pies— y la selección de lubricantes. ¿En serio ese sabría a nube?

Se dirigió a la caja con el resto de la compra, que ahora le parecía de lo más insípida. Tras el habitual estrés de embolsar todo a contrarreloj, caminó agotada hacia el parking.

—¡Señorita! ¡Disculpe! —Una empleada corría hacia ella con una bolsa en la mano—. Esto es suyo.

Natalia la tomó y miró dentro. El jadeo de sorpresa fue inevitable, seguido de un incendio súbito que le recorrió desde el escote hasta la raíz del pelo. Allí estaban los lubricantes, los condones y... bueno, todo lo demás. Ains… el pequeñín incluido.

—Esto... no es mío —balbuceó.

—El caballero dijo que se lo entregáramos.

—¿Un hombre? —El nudo en la garganta casi no la dejaba hablar.

—Ah, espere, me dio esto para usted.

Natalia tomó el papel mientras la empleada se marchaba. Abrió la hoja y, tras leerla tres veces, permaneció estática, como bajo el efecto de un hechizo:

 

Deberías dar gracias por haberte deshecho de un imbécil incapaz de ver la flor tan original que tenía delante. En cuanto a mí, estaré encantado de enseñarte a usar tus nuevos juguetes y de ampliar tus gustos culinarios. Se ve a la legua que aquel lineal te quedaba grande, pero te prometo que será un placer mutuo ampliar tus conocimientos.

A propósito, la talla puede que me quede un poco justa, pero nos las arreglaremos.

 

—¿Qué opinas?

La voz susurrante volvió a acariciarle el oído por segunda vez.


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