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PRIMERA Y ÚLTIMA CITA

  • Raquel Mingo
  • 22 abr 2018
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 22 feb


Juanjo levantó la vista del examen que estaba corrigiendo y se quedó mirando embobado el cielo plomizo de Madrid.

 

No podía concentrarse y la culpa la tenía María. Aquella rubia bajita y curvilínea que se le llevaba insinuando las últimas dos semanas y que no aceptaba un no por respuesta, lo traía de cabeza.

 

No es que no le gustara. Al contrario, estaba hechizado; se quedaba bizco de tanto observarla por encima de sus gafas de lectura, siguiéndola por la universidad con una mirada hambrienta, como un vulgar mirón

 

Pero él era un tipo común: demasiado alto, demasiado delgado, demasiado sombrío. Ella, en cambio, era luz y color. Era la risa donde él solo hallaba llanto; esperanza donde él rezumaba desolación; rebeldía y caos donde él solo imponía normas y un orden estricto. Era... ella. Simplemente ella.

 

Mientras las nubes se desplazaban con una lentitud agónica por un cielo cada vez más oscuro, volvió a preguntarse por qué demonios había aceptado verla al día siguiente. Aquella mujer iba a destrozarlo; y él ni siquiera lo vería venir, obnubilado por su sonrisa y sus labios pintados de rosa, fantaseando con comérsela a besos en plena calle, sin importarle quién estuviera mirando.

 

Se pasó los dedos por los labios; casi podía sentir los de ella, suaves y dúctiles, reclamando algo a lo que él no se atrevía a poner nombre. Porque no era solo deseo. Ni se trataba únicamente de compañía. Ella tenía algo; un magnetismo que la hacía especial. Y él quería más, aunque aquella fuera a ser su primera y última cita.

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