CANDOR Y PROVOCACIÓN
- Raquel Mingo
- 24 may 2018
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 28 feb

Había algo perturbador en ese vestido rojo hasta la rodilla y en su sonrisa tímida. Una mezcla de inocencia y malicia que provocó el principio de una erección bajo sus pantalones de gala.
La estudió por encima de su copa de whisky, con ese aire cínico y hastiado que no habría podido quitarse de encima ni aunque hubiese querido.
Pocas mujeres serían capaces de mostrar ambas caras de la moneda. El candor de la inocencia y el descaro de la lujuria. Pero aquella joven de melena oscura y salvaje, con unos impresionantes ojos verdes que recordaban a la selva indómita, no daba la impresión de estar fingiendo, sino de ser un dulce corderito entre lobos hambrientos. Y era ahí donde radicaba su mayor atractivo.
Los depredadores se abalanzaron sobre ella en cuanto apareció en la fiesta. Pobres necios. Todo aquel que confundió su timidez con debilidad, escapó con el ego magullado.
Sonrió, con un orgullo casi cómplice y un interés que ya no podía negar. Era preciosa y, contra todo pronóstico, había logrado dinamitar una indiferencia que arrastraba desde hacía años. Él, de paladar rudo y hastiado del panorama actual, solía tener demasiado donde elegir como para fijarse en alguien más de una noche. Sin embargo, aquella joven le tenía embelesado desde que cruzara la puerta una hora antes. Asombroso.
Fue entonces cuando esos ojos —grandes, verdes y brillantes como gemas— se clavaron en los suyos. Y todo quedó decidido.
Se dirigió a ella con zancadas largas, consciente de que el pulso de la joven tronaba sin control y de que el vértigo de la anticipación comenzaba a desbordarla. Aquello iba a ser divertido.
—Dime que este sitio te aburre tanto como a mí y nos largamos ahora mismo.
—¿Perdón?—¿Ves a alguien más de nuestra generación? Este sitio es un museo de antigüedades con ínfulas.
—Supongamos que tienes razón… ¿La alternativa es marcharme contigo?
Su voz, dulce como el caramelo, terminó de erguir su masculinidad. Alzó una ceja.
—¿Acaso prefieres a alguno de tus muchos admiradores?
La muchacha se encogió de hombros.
—Elijo irme por mi cuenta.
—No cuela, cielo. —La ceja que se elevó entonces, en muda pregunta, era de un rico tono chocolate—. Las mujeres como tú llegan solas, pero siempre se van acompañadas.
—¿Las mujeres como yo? ¿Te refieres a inteligentes, ingeniosas e independientes?
—Jóvenes, bellas y ambiciosas —rebatió.
Los ojos verdes refulgieron y el hombre estuvo a punto de soltar una carcajada.

—Ya veo.
—¿Nos vamos, entonces?
—De acuerdo. Me he dejado el chal en la barra, ¿serías tan amable de ir a buscarlo?
—Por supuesto. —Él se acercó tanto que sus cuerpos encajaron como piezas de un puzle. Ella era alta, y los tacones de vértigo casi la equiparaban a él. Aspiró su perfume, un aroma fresco y adictivo con toques cítricos que le embriagó más que el alcohol. Su dedo índice descendió por la nuca, recorriendo la espalda hasta el inicio de las nalgas. Sintió la respiración de ella acelerarse contra la suya y, en un impulso, lamió su cuello largo y grácil antes de susurrarle al oído: —Vuelvo enseguida.
La dejó allí, temblando de anhelo en medio de la sala, convencido de que la encontraría en el mismo sitio. Caminó hacia la barra con una urgencia casi adolescente que intentó disimular bajo su habitual arrogancia.
«¿Qué te pasa, tío?», se recriminó. Se suponía que él era el amo del mundo, el que se cobraba piezas así cada noche. ¿Qué la hacía diferente? ¿Esa mirada vulnerable tras las palabras irreverentes?
Frunció el ceño. El chal no estaba por ninguna parte.
Maldijo entre dientes, ignorando las miradas ajenas, y se giró hacia el lugar donde la había dejado. Estaba vacío. Sus ojos rastrearon la sala hasta que el rojo sangre del vestido refulgió como una antorcha.
Ella ya estaba en el ascensor, manteniendo la puerta abierta con un dedo. Su sonrisa, ahora descarada y rebelde, lo mantuvo clavado al suelo.
La joven inclinó la cabeza con un gesto coqueto y vocalizó despacio, permitiendo que él leyera sus labios en la distancia:
—Yo elijo.
Las puertas se cerraron, dejando al depredador solo en medio de la fiesta.













































































































































































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