• Raquel Mingo

UN PROBADOR, UN MIRÓN, Y LA BENDITA CREMALLERA 1ª. parte (relato corto)



Tengo una cita, y no soy capaz de encontrar en mi vestuario nada apropiado que ponerme para la ocasión. Así que hago lo que cualquier mujer en mi situación haría, irme de compras en busca del modelito perfecto.

Ahora estoy en el probador, y el vestido palabra de honor rojo escarlata, demasiado ajustado, y con el que es imposible llevar sujetador, es perfecto para mi piel bronceada y mi pelo oscuro, que pienso dejarme suelto. Mis salvajes bucles y esas dos poderosas razones que Dios me ha concedido, y que es posible que se desborden del corpiño, harán el resto.

—Joder…

—¿Puedo ayudarla? —Miro por encima del hombro y me encuentro unos espectaculares ojos azules, de un hermoso tono celeste, observándome a través de una de las malditas rendijas que siempre se quedan abiertas en todas las cortinas de los probadores.

—¿Ha estado espiándome todo el tiempo? ¿Mientras me cambiaba? —pregunto con los ojos como platos, tirando del indecente escote de mi flamante vestido, segura de que se me escurre ante la patente burla de esa clara mirada.

—Más bien disfrutando del espectáculo —La risa baja, grave, y espesa que sigue a mi mirada asesina me hace estremecer—. Es que era un gran espectáculo —asegura mientras abre la cortina lo suficiente como para meterse dentro, convirtiendo ese espacio más que aceptable en un lugar claustrofóbico, porque su enorme y perfecto cuerpo lo ocupa todo, incluidos mis perversos pensamientos.

—¿Qué cree que está haciendo? —susurro con voz estrangulada, sin querer armar un revuelo público. Ser pillada con un hombre en un probador no entra en mis planes para terminar la tarde. Aunque esté para rebañar con la miga que no pruebo nunca y huela a lujuria y pecado.

—Subirle esa cremallera, nada más. —Me hace un gesto con el dedo, indicándome que me gire, de esa forma tan ridícula y arrogante que tienen algunos hombres de actuar, como si fuéramos muñequitas. Sus muñequitas. Y como una tonta le hago caso, porque me siento estúpida ahí, frente a él, con el vestido a punto de resbalar hasta el suelo enmoquetado. Y también las bragas, admitámoslo. No tardo ni dos segundos en sentir sus dedos bajando por mi piel, desde la nuca, pasando por toda mi columna, en dirección a… Joder, esa cremallera comienza muy abajo. El escalofrío involuntario que aparece tras su travieso roce me desconcierta y me pone nerviosa, como él pretende, y muy despacio, casi agónicamente, la pequeña pieza de metal va subiendo, mientras nuestras miradas se mantienen enganchadas a través del espejo de cuerpo entero, expresando tanto y a la vez callándolo todo. Soy muy consciente de cuándo se detiene, y de manera inexplicable me tenso, esperando. El desconocido se inclina sobre mí e inspira con fuerza junto a mi hombro desnudo, sin dejar de observarme, como si quisiera aprenderse mi olor, o llevárselo con él cuando se marche. Después se pega a mi espalda, imagino que para decirme algo al oído, y lo siguiente que sé es que estoy jadeando porque tiene el lóbulo de mi oreja entre sus dientes, y lo absorbe con avidez—. Mira en tu bolso—susurra justo antes de dar dos pasos hacia atrás y salir del probador, que de repente parece tres veces más grande. Y vacío. Por supuesto, como soy imbécil, abro de nuevo la cortina y le busco. Una chica joven, con pinta de pija, surge de pronto de otro de los austeros y privados cuadrados –bueno, no tanto si cualquier mirón puede disfrutar de las vistas sin que te des cuenta–, y le coge de la mano, llevándole casi a rastras hasta las cajas. Él se gira para mirarme y me sonríe como el seductor que es—. De nada. —Me echa en cara antes de guiñarme un ojo y volver a prestarle atención a la guapa morena, que le está echando el sermón, del que tan solo alcanzo a escuchar la última frase.

—No tienes arreglo, hermanito, siempre estás ligando.



Lanzando mi orgullo a la papelera más cercana me abalanzo a por mi bolso, y en cuanto lo abro veo la pequeña y elegante tarjeta blanca adornada con unas líneas doradas y escrita a mano, la cual no tengo ni idea de cómo ha colocado ese bribón allí.



Sonrío como una tonta. Ha sido una tarde fructífera. He conseguido mucho más que el vestido perfecto para mi cita.

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