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DAIQUIRIS, AVIONES Y CONSECUENCIAS

  • Raquel Mingo
  • 23 jun 2018
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 1 mar

Las dos chicas estaban apoltronadas en sendas tumbonas, con un daiquiri helado en la mano, entregadas al sol y al murmullo del Mediterráneo. Acababan de aterrizar en Mallorca; tenían por delante diez días en un paraíso que, hasta hacía poco, les parecía inalcanzable. Esa tarde, el sueño era tangible bajo sus dedos, sumergidos con pereza en la arena blanca.

Martina, sin embargo, no parecía tan radiante como cabría esperar. Sus ojos, grandes y oscuros como el caramelo tostado, permanecían fijos en el fondo de su copa. Cuando al fin alzó la vista, se topó con la mirada de Adriana, que conocía de sobra el motivo de su silencio.

—¿Cómo sabes que algo está verdaderamente acabado, Drina? —preguntó en un susurro.

Aquella duda confirmó que Martina seguía anclada en Arturo, el tipo que entraba y salía de su vida a su antojo, como quien tenía las llaves de un piso solo para emergencias pero se creía con derecho a aparecer a todas horas y con cualquier excusa.

Adriana miró al frente. Su vista captó algo en el horizonte que la hizo sonreír, aunque se tomó su tiempo para escoger las palabras.

—¿Ves ese avión? —La joven comprobó que su amiga asentía y volvió a seguir el diminuto punto en el cielo—. Es curioso. Podrías pasarte cinco minutos mirándolo y parecería que no se ha movido de su sitio, ¿verdad? Y, sin embargo, habrá recorrido kilómetros mientras lo observabas abstraída. Con las personas pasa lo mismo. Tomamos decisiones, nos acercamos o nos alejamos, entregamos nuestro amor o lo retiramos... pero hagamos lo que hagamos, siempre hay consecuencias. Nada permanece estático.

Adriana hizo una pausa, dejando que el sonido de las olas subrayara su idea.

—Uno puede quedarse viendo cómo se aleja su avión, esperando que un giro del destino lo traiga de vuelta. O puede darle la espalda y regresar a su vida, donde no necesite a alguien que solo le ofrece inseguridad y reproches.

Martina guardó silencio durante largos minutos, asimilando el mensaje mientras su mirada se perdía en la estela blanca grabada sobre el azul. Cuando volvió a mirar a su amiga, sus ojos brillaban, limpios y decididos.

Alzó su copa en un brindis silencioso y esperó a que Adriana la imitara. Al sentir el frescor del ron y el limón bajando por su garganta, se tragó también la despedida final de un hombre que no la merecía. Y al que ya no pensaba esperar más.



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