• Raquel Mingo

UN ADIÓS, UN NUEVO COMIENZO

Me siento sobre la enorme maleta de piel marrón para ver si así consigo cerrarla. Abulta el doble de lo que debería pero es que dentro está metido lo que queda de mi maltrecha existencia.

Después de un montón de maldiciones, empujones varios y mucha fuerza de voluntad consigo cerrar la cremallera. Me retiro el flequillo con un soplido, a punto de asfixiarme por el esfuerzo y me dejo caer en el colchón desnudo de sábanas. Las vistas de mi antaño precioso dormitorio son deprimentes, no obstante están en completa sintonía con mi vida.

Intento no pensar en el motivo por el que he dejado un trabajo que adoraba, me he despedido de mis amistades de toda la vida y he vendido mi casa, pequeña aunque coqueta, y la cual tardé años en conseguir dejar como a mí me gustaba. Por supuesto fracaso estrepitosamente, no he parado de darle vueltas en el último mes, que es el tiempo que me ha llevado cerrar todos estos temas. Mentalizarme para dar el paso me costó bastante más.

Dos años y medio, para ser exactos.

Giro la cara hacia la ventana, ahora desprovista de las alegres cortinas con franjas naranjas, y pierdo la vista en las pequeñas gotas de lluvia que repiquetean contra los cristales. Siempre supe que mi relación con Marcos tenía fecha de caducidad. Desde el primer día que le conocí. Nuestros caracteres, nuestros respectivos sueños, nuestros modos de ver el mundo… Somos diferentes en todo. Salvo en herirnos. Eso se nos da de lujo. Aunque yo suelo permitirle que me saque la piel a trozos y aguanto sus crueles puñaladas con estoicismo. No quiero destrozarle como él lo hace conmigo. Y no es porque no pueda, sino porque sé de lo que soy capaz.

Cierro los ojos y suspiro con toda la pena que me consume desde hace semanas acumulándoseme en la garganta. A veces pienso que no sabemos cómo estar juntos sin una cama de por medio. O una pared. O un baño público. O un parking.

Le dejé claro desde el primer momento que no quería un hombre en mi mundo. Ni para un minuto, ni para un año, ni para toda la vida. Íbamos a ser amigos, nada más y nada menos. Pero las cosas se descontrolaron rápido. La tensión sexual entre ambos era tan fuerte, tan patente, tan… arrolladora, que terminamos desnudos y sudorosos el segundo día. Fue… increíble. Para los dos. Y a partir de entonces no hemos podido parar. Es un hombre desinhibido, grosero e insaciable. Tan obsceno… Me encanta y horroriza a partes iguales, pero está claro que me encanta más que horroriza, puesto que he perdido la cuenta de las veces que he obtenido placer solo pensando en él.

Debí hacer caso a mi instinto, maldita sea. Los hombres y las mujeres no están hechos para ser amigos. Sobre todo cuando te confiesan que llevan tiempo enamoriscados. «Contigo se me ha ido la olla, Marina». Y a mí con él. En la cama somos pura dinamita, el puto cuatro de julio con toda la parafernalia de fuegos artificiales, la droga más pura y adictiva que el ser humano haya conocido. Y estoy totalmente enganchada a su piel, a su olor, a su sabor.

Me muerdo el labio inferior con fuerza y no es hasta que siento el sabor de la sangre que me obligo a parar. ¿Cómo hace un heroinómano para desengancharse de la heroína?

Yo solo he encontrado una fórmula. Y es destrozando todo mi mundo. Para volver a comenzar.

El dolor que siento es insoportable. Puedo admitirme a mí misma que se me parte el alma sabiendo que no volveré a verle nunca más.

Anoche estuvimos juntos. Disfrutamos el uno del otro en tres ocasiones antes de caer agotados en esta misma cama, aún así le busqué durante la noche sin descanso, sabiendo que sería la última vez que le tendría.

Acaricio su lado del colchón con suavidad, los ojos encharcados y un agujero en el pecho. Prometí no enamorarme de él y nos mentí a los dos.

Compartí mi cuerpo pero me costó mi corazón.

Me levanto con el mismo esfuerzo con que lo haría una anciana y tirando de la maleta salgo del dormitorio sin una mirada más. Atravieso el salón y me detengo frente a la puerta blindada. No puedo evitarlo, me giro en redondo y echo un último vistazo a la sala, recordando todas y cada una de las veces que Marcos ha estado aquí.

Hemos sido felices, hemos reído, hemos compartido confidencias, hemos llorado, nos hemos hecho daño, nos hemos curado y hemos disfrutado de nuestra mutua pasión contra cada mueble y muro.

Yo nunca quise un hombre en mi mundo. Ni para un minuto, ni para un año, ni para toda la vida.

Vuelvo a coger la maleta, abro la puerta y después de salir la cierro con suavidad.


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