VALOR PARA DECIR ADIÓS
- Raquel Mingo
- 15 jun 2018
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 1 mar

Mía alzó la vista y se topó con sus ojos marrones, tan cargados de asombro como los suyos.
Las probabilidades de cruzarse en una ciudad como Barcelona eran remotas, y sin embargo allí estaban, midiéndose con una mezcla de intensidad y desconfianza.
—Mía…
Ella cogió el bolso y el libro, olvidando por completo la historia que la había tenido tan absorta como para no verle venir. Sintió los dedos masculinos rozar su brazo; un contacto leve que despertó una marea de recuerdos y le robó el aire. Las risas, el sarcasmo juguetón, las caricias ardientes y aquellos besos, largos y profundos, que no había vuelto a encontrar en nadie más. Cada destello del pasado era un aguijonazo en el pecho. Porque todo había resultado ser una farsa.
—Por favor, déjame explicarte —suplicó él—. No es lo que crees.
—¿Y qué piensas que creo?
La voz de Mía sonó amarga, cargada de una rabia que suponía consumida.
—Que te abandoné. —contestó pesaroso, casi perdido.
—Tu silencio fue más elocuente que cualquier discurso, Roberto. Entendí que no me querías a tu lado. Que en aquella época buscabas una distracción... una con piernas largas, melena caoba y ojos verdes.
Le escupió las palabras echando fuego por esos mismos ojos, recordando cómo él se las susurraba al oído después de hacer el amor, cuando aún estaban agotados y sudorosos. Le dolió que aquello, a esas alturas, todavía quemara.
—No es...
Ella negó con la cabeza mientras retrocedía.
—Me da igual. Ahora te veo. Veo tu mezquindad y tu cobardía.
—¡Nunca te mentí! —bramó, furioso. Siempre había detestado que cuestionaran su honestidad.
—¡Por supuesto que lo hiciste! —Lo contradijo, deteniéndose en seco—. El hombre que yo conocí habría dado la cara. Me habría dicho que se acabó, como un señor, en lugar de dejar que el tiempo y el silencio hicieran el trabajo sucio. Lo nuestro... nunca existió.
—No… —Roberto retrocedió un paso, como si sus palabras hubieran sido un golpe físico.
—Sigue con la cabeza enterrada en la arena si quieres, pero llegará el día en que no seas capaz ni de mirarte al espejo.
Mía se dio la vuelta y se marchó. Dejó parte de su carga allí, en aquel parque, junto al hombre que no supo luchar por su relación. Por fin le había dicho lo que pensaba de él.













































































































































































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