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ESTÚPIDO CONTRATO

  • Raquel Mingo
  • 22 abr 2018
  • 1 Min. de lectura

Actualizado: 21 feb


Ese hombre la desbordaba.


La mitad del tiempo, sentía el impulso de golpearlo con lo primero que tuviera a mano; la otra mitad, de lanzarse a sus brazos y perderse en su boca hasta que quedarse sin aliento.


En ese instante, ganaba la furia. Con los puños crispados y el corazón galopando contra las costillas, solo quería gritarle. Pero incluso eso era un lujo prohibido.


Su «contrato» —esa forma eufemística de llamar a un acuerdo absurdo— dictaba que nunca se verían en persona. Ni llamadas, ni sentimientos; solo una «sana amistad». Aunque bastaron veinticuatro horas para que esos límites saltaran por los aires. Porque habían visto luces y sombras en el otro que los atraían de forma irremediable.


Debían detenerse, pero no sabían cómo. Así que ella volvió a apretar los puños, tragándose un grito cargado de ira y frustración.


Y, por extraño que resultara, también de felicidad.

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