ME MARCHO, PORQUE QUEDARSE DUELE
- Raquel Mingo
- 25 may 2018
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 1 mar

—Aitana. —El asombro vibró en su voz, pero se apresuró a envolverla en un abrazo cálido antes de rozar sus labios en un beso fugaz—. ¿No deberías estar en el bufete? ¿O has aprovechado el final de un juicio para venir a verme?
—Hoy no he ido a trabajar.
Él frunció el ceño y se apartó un poco para observarla.
—¿Estás enferma?
La joven lo miró con una intensidad casi dolorosa, intentando memorizar cada rasgo de su rostro.
—He venido a despedirme, Jorge.
—¿A… despedirte? —La palidez borró el rastro de su sonrisa.
Ella asintió, estirando aquel último segundo de cercanía.
—Me marcho. —«No puedo hacerlo». El pánico le atenazó las entrañas. Tuvo que recordarse, una a una, las razones que la habían traído hasta aquí para no echar a correr.
—¿Adónde?
—Donde tú no estés.
El rictus de dolor que cruzó el rostro de Jorge casi tumbó su determinación, pero consiguió mantenerse firme.
—Entiendo.

—No, no lo haces. Por eso te he escrito esto. —Sacó un sobre color crema de su bolso y se lo tendió. Él lo tomó por inercia, demasiado aturdido para replicar—. Espera a que me haya ido para leerlo, ¿vale? Si lo he plasmado en papel es porque me falta el valor para decírtelo a la cara.

—¿Decirme qué, Ina?
—El porqué de mí.
Lo observó tragar, nervioso, conteniendo una marea de emociones. De pronto, la abrumaron los recuerdos de esos meses juntos: las carcajadas, las bromas, la intimidad absoluta. Aquellos besos largos y atormentados que siempre parecían confesar algo que ninguno se atrevía a nombrar; caricias desesperadas, como si el mañana fuera una amenaza… Supo que estaba a punto de romperse.
—Tengo que irme, mi avión sale en dos horas.
—Un avión… Te vas lejos.
Ella no contestó. No existía distancia suficiente para borrar su marca. Se puso de puntillas y le besó la mejilla, dejando sus labios pegados a su piel un tiempo infinito, embriagándose con el aroma de su colonia. Tan familiar. Tan suyo.
—Cuídate, Jorge. Y recuerda que, para mí, lo eras todo.
Sintió cómo él se tensaba. Fue apenas un espasmo, pero bastó para saber que el golpe había llegado al hueso.
Aitana le dio la espalda y se marchó sin mirar atrás, consciente de que huía del hombre de su vida.

Jorge permaneció paralizado, contemplando cómo ella se diluía entre la multitud que llenaba la calle. Cuando la perdió de vista, buscó un punto de apoyo para no desplomarse. Sentía las piernas de gelatina, pero el corazón —curiosa ironía— se le había vuelto de hormigón: pesado, frío, muerto. Se sentó en un pivote de la acera y, al llevarse las manos a la cabeza, reparó en el sobre. Lo rasgó con impaciencia.
Decirte adiós es lo más duro que he hecho nunca. Y, sin embargo, es necesario para salvarme.
No hay nada que no hiciera por ti, ningún sacrificio que no aceptara en nombre de este amor, salvo perderme a mí misma en una lucha sin sentido por intentar alcanzarte.
Tú lo quieres todo de mí: mi cuerpo, mi alma, mis sueños y mi dolor. Pero, a cambio, me ofreces una parte minúscula de ti. Y es la que menos me interesa.

Solo me das las risas, los días de sol. Me niegas tu lado oscuro, tus miedos y tus dudas; no quieres "mancharme" con tu basura. Y no entiendes que esa inmundicia, como tú la llamas, es lo que te hace ser quien eres. No me da miedo tu sombra, Jorge, porque ese es el hombre al que amo.
He descubierto que soy egoísta: para entenderte, debo tenerte entero. Tus partes luminosas son hermosas, pero deseaba enamorarme también de tus grietas, aunque sean corrosivas.
Me rindo. Tu muro de indiferencia es demasiado alto y no soy tan buena actriz como para fingir que no veo tu sufrimiento.
Nada da igual. Todo importa. Al menos a mí.
Me voy e intentaré olvidarte, aunque sea como detener mi corazón. Si lo consigo, puede que acabe convirtiéndome en alguien como tú.
Jorge leyó el papel, emborronado por sus propias lágrimas, y cerró los ojos, agotado. Había perdido lo más auténtico que había tenido nunca por puro miedo, por cobardía, por falta de ganas de vivir de verdad. Y supo que se arrepentiría cada día de su vida porque, a pesar de entenderlo, no se levantaría para ir tras ella.













































































































































































Comentarios