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MEJOR SOLA QUE MAL QUERIDA

  • Foto del escritor: Raquel Mingo
    Raquel Mingo
  • 8 abr 2021
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: hace 1 día



Exhalo el humo con lentitud, observando la Torre Eiffel con indiferencia. Estoy en la «ciudad del amor» por excelencia, pero solo siento vacío y decepción. Hago un esfuerzo por ignorar el dolor que me atenaza por dentro, donde nadie más puede encontrarlo.

Los demás ven lo que quiero; una mujer de mediana edad, atractiva y segura de sí misma, sentada en un local de moda mientras disfruta de una copa de vino la noche previa a fin de año.

Un par de parisinos dudan si acercarse. Mi vestido y la silla vacía a mi lado les tienta, pero la frialdad de mi mirada les echa para atrás. No saben si les morderé si se atreven a abordarme.

Espero que se lo piensen dos veces. Haré mucho más que morderles.

No quiero hombres en mi vida. Colecciono las suficientes tragedias como para estar aquí, envuelta en el romántico París, con sus luces navideñas, sus villancicos resonando en cada esquina, su aroma a dulces y chocolate, y sus parejas, empalagosas donde la haya, besándose a todas horas, y no conmoverme en lo más mínimo.

Me coloco la capa roja sobre los hombros y mis dedos se pierden un instante en el suave pelo del cuello. Hace un frío atroz en esta terraza, aunque no el suficiente como para que vuelva dentro, donde la música y las estridentes risas me sofocan y, sobre todo, está prohibido fumar. Nueve años de abstinencia y hoy estoy a un cigarro de la recaída. Necesito algo… que dé escape a todo lo que siento. Porque tengo ganas de gritar.

Deslizo una mirada perezosa por la torre, que posa orgullosa junto a un abeto casi tan alto como ella, decorado para la ocasión. ¿Cuándo dejé de emocionarme ante la belleza?

Quizá cuando aquel administrador de fincas huyó sin despedirse, como un ladrón en la noche. O puede que fuera por el aspirante a escritor, que destilaba más toxicidad que una plaga. Tal vez, la culpa la tuviera ese amor platónico que reapareció tras treinta años, prometiendo el cielo para huir al primer obstáculo.

Sin olvidar, claro, al informático que nunca supo ser amigo, porque solo le movían sus propios intereses.

Doy una calada tan profunda que el humo me quema la garganta.

Fue cuando me robaron la ilusión de que los seres humanos podíamos ser buenos los unos con los otros.

Me levanto, echando un último vistazo a la estructura de hierro que ha servido de fondo a docenas de películas, símbolo del romanticismo.

Esta noche estoy más convencida que nunca de que vivo en un mundo equivocado. De que voy a contracorriente. De que no encajaré jamás.

Varios hombres hacen amago de interceptarme al salir, pero se desinflan en cuanto chocan con mi expresión desafiante.

Suelto una carcajada, aunque no hay alegría en ella.

Aún no ha nacido el hombre capaz de igualar mi pasión.



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