• Raquel Mingo

MEJOR SOLA QUE MAL QUERIDA



Exhalo el humo de mi cigarro con lentitud mientras observo la torre Eiffel con indiferencia. Estoy en la ciudad del amor por antonomasia pero solo siento vacío y decepción, y hago un esfuerzo por ignorar el dolor que me atenaza por dentro, donde solo yo puedo encontrarlo.

Los demás ven lo que quiero; una mujer de mediana edad, atractiva y segura de sí misma, sentada en un local de moda mientras bebe una copa de vino la noche previa a fin de año.

Un par de parisinos están dudando si acercárseme; mi vestido y la silla desocupada a mi lado les tienta, pero la dureza de mis ojos cuando nuestras miradas se cruzan les echa para atrás. No saben si les morderé de tener el coraje de abordarme.

Espero que se lo piensen dos veces. Haré mucho más que morderles. No quiero hombres en mi vida. He tenido bastante de eso, lo suficiente como para estar aquí, envuelta en el romántico París, con sus luces navideñas, sus villancicos resonando por cada calle y centro comercial, su aroma a dulces y chocolate, y sus parejas, empalagosas donde la haya, besándose a todas horas, y no conmoverme en lo más mínimo.

Me coloco la capa roja sobre los hombros y, durante un momento, mis dedos se pierden en el suave pelo del cuello. Hace un frío espantoso en esta terraza, aunque no el suficiente como para que vuelva dentro, donde la música y las estridentes risas me sofocan y, sobre todo, donde está prohibido fumar, un vicio que abandoné hace más de nueve años, y que parece que volveré a coger, si no tengo cuidado. Necesito algo… que dé escape a todo lo que siento. Porque tengo ganas de gritar.

Deslizo una mirada perezosa por la torre, que posa orgullosa junto a un majestuoso abeto decorado para la ocasión, casi tan alto como ella.

¿Cuándo dejé de emocionarme ante la belleza pura de la vida?

Quizá cuando aquel administrador de fincas se largó sin un adiós, como un ladrón en plena noche.

O puede que fuera por el escritor en ciernes, con la autoestima por los suelos y destilando más toxicidad que una pandemia mundial desconocida por el ser humano.

Tal vez, parte de la culpa la tuviera ese amor platónico del pasado que apareció de la nada treinta años después, prometiendo estar siempre ahí, pero que huyó ante el primer escoyo.

Y bueno, prestos a confesar, mencionemos al informático que nunca supo ser amigo, porque solo le movían sus propios intereses.

Le doy una calada tan grande al cigarro que consumo la mitad y me quema la garganta.

«Fue cuando me robaron la ilusión de que los seres humanos podíamos ser buenos los unos con los otros».

Mientras me levanto, le echo un último vistazo a la estructura de hierro que ha servido de fondo a docenas de películas, símbolo del romanticismo.

Esta noche estoy más convencida que nunca de que vivo en un mundo equivocado. De que voy a contracorriente. De que no encajaré jamás.

Varios hombres hacen amago de interceptarme al salir pero se desinflan en cuanto se enfrentan a mi expresión desafiante.

Me cuesta contener una carcajada, aunque no es de alegría.

«Aún no ha nacido hombre capaz de igualar mi pasión».




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