DOBLAR LAS RODILLAS POR AMOR
- Raquel Mingo
- 10 feb 2019
- 12 Min. de lectura
Actualizado: 14 feb

Aitana se fue desenrollando la larga bufanda de lana beige y naranja mientras oteaba entre las mesas de la atestada cafetería. Descubrió a sus amigas sentadas al fondo, junto al amplio ventanal por el que podía verse un Madrid moderno y ajetreado, nunca dispuesto a detenerse.
Esbozó una cálida sonrisa según se acercaba y las chicas levantaban las manos con entusiasmo y excesivo alboroto, que se amplió cuando le dedicaron todo tipo de piropos e incluso un par de silbidos, mientras se quitaba el abrigo color camel.
—Sois unas payasas. —Les recriminó a la vez que se sentaba en la silla que le habían guardado con celo, pues no había ni un sitio libre en todo el local.
—Mira quién fue a hablar —Retrucó Andrea, la más loca y lanzada del grupo—. No te hagas la digna, que nos conocemos.
—No la atosigues, que acaba de llegar. Al menos espera a que se tome la segunda cervecita y se suelte la melena.
Tana se giró hacia Carla con una ceja alzada.
—¿Intentas decirme algo, bonita?
La carcajada de la rubia fue dulce y vibrante y, como siempre, atrajo varias miradas masculinas en las que no reparó.
—No la hagas caso. Ella ya lleva dos vermuts —canturreó Patricia a su lado con sus preciosos ojos almendrados algo chispeantes.

—¿Pero desde cuándo lleváis aquí?
—Apenas quince minutos pero, bien aprovechados, pueden dar de sí una barbaridad, sobre todo con lo que cascan estas —explicó Estefanía con su habitual tonillo malvado.
—Y hablar da mucha sed —afirmó Dre mostrando su copa vacía con un puchero de lo más cómico.
Acto seguido, volvió a levantarla con ímpetu, con lo que consiguió la atención de uno de los varios camareros que correteaban por la sala, el cual se acercó para tomar nota de sus pedidos. Aprovecharon para encargar la comida, consistente sobre todo en ensaladas y algún que otro entrante para compartir.
—Nosotras ya nos hemos puesto al día sobre los asuntos no importantes.
—Ajá —contestó Aitana antes de darle un sorbo a su caña—. Familia y trabajo, ¿eh?
El resto asintió. Hablaban por teléfono al menos una vez por semana y el WhatsApp no paraba ni un minuto, a veces hasta altas horas de la madrugada. Esos temas estaban muy trillados.
—Pasemos a lo que de verdad importa —propuso Carla con un guiño cómplice que el grupo secundó como una pandilla de adolescentes—. Mirad lo que me ha regalado Andrés —dijo emocionada, alzando el colgante de oro blanco que descansaba sobre su cuello. Hubo unos cuantos “Ohhh…” y “Ahhh…” y todas alabaron el buen gusto del novio en cuestión.
—Pues mi Pedro ha reservado en Amazónico para hoy. Y me ha avisado que esta noche no dormiremos en casa. —Les contó Pat con una sonrisa de lo más perversa.
Los silbidos que suscitó el nombre del conocido restaurante situado en pleno barrio de Salamanca, para el que había que pedir mesa con bastante tiempo de antelación, solo se vieron superados por las bromas procaces sobre las guarradas que harían en el hotel donde iban a pasar el resto de la velada.
—Niñas, comportaos. —Las amonestó Andrea—. O no os contaré lo que mi querido husband ha planeado. —El silencio reinó en aquella mesa llena mujeres, por primera vez desde que se ocupara—. París. Tres días. Este fin de semana.
Un coro de felicitaciones siguió a las palabras de Dre, que no podía ocultar su felicidad. Sus amigas eran conscientes de cuánto le gustaba viajar y conocer personas y costumbres diferentes.
—Pues no sé si Álvaro habrá sabido estar a la altura… —terció Estefanía con un mohín en sus labios perfectamente pintados de rosa—. Me ha pedido que me vaya a vivir con él.
Los gritos entusiasmados de las otras no se hicieron esperar ante la sorprendente noticia, puesto que la pareja llevaba tres años y medio de relación y nada parecía indicar que el escurridizo contable fuera a dar el ansiado paso.

—Es fantástico, Stef. ¿Ves como todo llega?
—Estoy… feliz. Aún no me lo creo, la verdad. De hecho, pienso mudarme esta misma tarde y ya iré trasladando mis cosas poco a poco, no sea que este hombre mío se arrepienta.
Todas rieron, pues reconocían que Álvaro había sido un hueso duro de roer y que la morena de generosas curvas no iba a permitir que se echara atrás bajo ningún concepto.
Poco a poco, la hilaridad del momento fue diluyéndose y dejó paso a un silencio cargado de tensión e interrogantes. O así se lo pareció a Aitana, que sentía las miradas de sus cuatro amigas clavadas en ella. Suspiró, consciente de lo que vendría a continuación.
—¿Y tú, Tana? ¿Cómo se presenta este día de los enamorados?
La pregunta era innecesaria y estaba cargada de cierta lástima. Sus amigas conocían perfectamente a su novio y lo que podía esperarse de él en cuestiones sentimentales.
—Ya sabéis cómo es Luis. —Se limitó a decir, esperando que con aquello terminara la discusión.
—La antítesis del romanticismo —intervino Dre con rotundidad.
El resto asintió como muestra de conformidad.
—Tiene muchas virtudes. —Intentó disculparle Carla.
—Lo que quieres decir es que es una pena que esté tan bueno, sea tan inteligente, tenga un trabajo tan estupendo y, sin embargo, se comporte como un auténtico gilipollas.
—¡Andrea! —La amonestó Aitana, aunque fue más por lealtad que porque estuviera en desacuerdo con la descripción.
—Cariño… Si he mentido en algo, o exagerado, ilumíname, por favor. —El silencio fue la mejor respuesta que la pelirroja pudo obtener y lo demostró asintiendo, complacida—. ¿Le has contado lo decepcionada y furiosa que estás? ¿O te has limitado a fingir que todo va bien, como siempre?
—Es que todo va bien —musitó Aitana, echándose el rubio cabello hacia atrás en un gesto suave y femenino.
—¿Esta tontuela no es la chica más dulce y romántica que os hayáis echado a la cara?
—No es cierto —protestó la aludida, en contraposición a las tres cabezas que asintieron con vigor.
—Pero si has visto Pretty Woman treinta y seis veces, por Dios —dijo Estefanía con verdadero horror. A ella le gustaba la icónica película como a la que más, pero aquello era… demasiado.
—Y Ghost, Titanic, Dirty Dancing, Elegir un amor, El guardaespaldas, Noviembre dulce… Recordad lo que quería tatuarse en la base de la espalda —La joven lanzó un gemido bajo y angustioso justo antes de que las cuatro gritaran a pleno pulmón: —. ¡Soy feliz simplemente amando!
La cafetería, llena hasta los topes, se quedó muda de repente. El lamento se convirtió en algo parecido a un sollozo. Una nueva ronda de carcajadas sacudió la mesa del fondo, la que gozaba del amplio ventanal y las magníficas vistas de la ciudad.
—Tenía quince años —masculló entre dientes, roja como un tomate.
—Y acababas de ver Orgullo y Prejuicio. —Le recordó Carla con una sonrisa nostálgica que pronto se reflejó en el rostro de las demás.
Aquella tarde en casa de Pat comiendo porquetas y con la caja de pañuelos pasando de una a otra quedaría en el recuerdo de todas para siempre.
—Ponle las cosas muy clarito, cielo. Lees esas historias pastelosas llenas de amor y sexo del bueno desde que eras una cría porque sueñas con un hombre como los de esos libros.
—No todo en la vida se reduce a un buen orgasmo; el romanticismo es igual de importante para mantener viva una relación —agregó Patricia con voz firme.
—Olvida la chorrada de los orgasmos. Ese tema ni se discute. Orgasmos siempre. En el resto, ellas tienen razón. —Le aconsejó Andrea en tono imperioso.
—Pero esta vez hazte la dura, por lo que más quieras. No dejes que te convenza al primer beso.
Las risas de las chicas resonaron en la cabeza de Aitana mucho tiempo después de la que comida terminara y se despidieran, con la promesa de volver a quedar pronto.
Giró la llave de la puerta de casa con una sensación de tristeza y angustia oprimiéndole el pecho. Al abrir, las suaves y lentas notas de Perfect, de Beyoncé y Ed Sheeran, llegaron hasta ella desde el salón.
Sus pies se movieron solos, acicateados por la curiosidad, y se adentró en la solitaria estancia, envuelta en las sombras de un atardecer que dejaba paso rápidamente a una noche cargada de estrellas.
Cerró los ojos y se dejó envolver por la melodía. Le encantaba aquella canción que hablaba de un hombre que había encontrado a una chica con quien compartir sus sueños, su hogar, sus secretos. También una familia. Un hombre que pensaba que ella era perfecta.
Le sorprendía que Luis la hubiera puesto, ya que él prefería la música clásica.
Unos brazos fuertes y conocidos la rodearon desde atrás y soltó un suspiro al sentir los labios masculinos sobre su cuello, en una sucesión de besos húmedos muy estimulante.
—Has vuelto —musitó su novio antes de mordisquearle el lóbulo, lo que consiguió que sus pezones se endurecieran de golpe.
La mano masculina subió por su torso hasta abarcarle el pecho para amasarlo con firmeza, mientras la otra la cogía por la mandíbula y la instaba a girar la cabeza para apoderarse de su boca con avidez.
Aitana gimió al sentir su lengua invadiendo cada recoveco y las punzadas del deseo descarnado que él siempre le provocaba la golpearon en las entrañas y extinguieron su autocontrol. Justo cuando se disponía a girarse para pegarse más a su cuerpo, Luis rompió el beso y se separó lo justo para observarla.
—¿Qué tal con las chicas? —preguntó con una sonrisa divertida, sin duda consciente de su excitación.
Ella hizo una mueca; no quería hablar de la reunión con sus amigas en ese momento.
—Como siempre. Divertida, instructiva, alocada y repleta de calorías —Olfateó el aire—. ¿A qué huele?
—He hecho la cena.
La joven se le quedó mirando con fijeza y el silencio se extendió entre ellos durante un largo minuto hasta que una poblada ceja oscura se elevó con impertinencia.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—Debería ofenderme.
—No si tenemos en cuenta que no has cocinado ni una sola vez en los dos años que llevamos juntos.
—Lo hice el día en que te llevé por primera vez a mi apartamento.
Fue el turno de ella de alzar la ceja, un gesto que acompañó con una sonrisita socarrona.

—Entonces querías impresionarme.
—¿Y lo conseguí?
—Sí, pero no con la cena.
La carcajada ronca y profunda vibró en el propio pecho de la mujer, que seguía abrazada a él.
—Lo sé, fue con mi enorme p…
Aitana le tapó la boca con la mano y fingió sentirse escandalizada, aunque le encantaba el Luis bromista y juguetón que salía a la superficie en contadas ocasiones.
—¿Por qué te has manchado las manos en mi cocina?
Sus preciosos ojos color miel la estudiaron con atención mientras le pasaba el índice con suavidad por el labio inferior.
—Supongo que ya tocaba.
—No tiene nada que ver con que hoy sea el día de los enamorados.
Él parpadeó un par de veces, como si acabara de caer en la cuenta de la fecha.
—Por supuesto que no.
—Vale.
La canción de Ed y Beyoncé terminó y volvió a comenzar de inmediato. Debía de estar puesta en bucle.
Su novio se sacó el móvil del bolsillo y frunció el ceño al observar algo en la pantalla.
—Tengo que hacer una llamada. He servido vino, ¿podrías traerlo, por favor?
La joven se quitó los zapatos antes de ir a por las copas, hiperconsciente de la mirada apreciativa que le echaba a sus piernas según abandonaba el salón. Segundos después, le escuchó hablar con alguien de su oficina y supuso que la conversación se alargaría, como ocurría siempre que se enfrascaba en el trabajo. Cuando regresó, le sorprendió encontrarle frente a la ventana, con la vista fija en la bulliciosa calle.
—¿Qué es esto?
Escuchó su propia voz, trémula y nerviosa, y le costó reconocerla como suya. Luis se giró y la miró con intensidad. Parecía muy tranquilo mientras se le acercaba despacio, le cogía una de las dos copas que sujetaba de forma precaria en la mano izquierda y le daba un sorbo al vino tinto.
—Si sigues espachurrándola de esa manera, la vas a hacer añicos. —Bajó los ojos y descubrió que, en efecto, tenía los dedos crispados en torno a la pequeña caja de terciopelo negro. Los relajó a base de fuerza de voluntad, aunque no pudo hacer lo mismo con su respiración errática—. ¿Las has abierto? —Ella negó con la cabeza, incapaz de emitir ningún sonido—. Se supone que es lo que suele ocurrir en estos casos, cariño —Tana siguió mirándole con cara de estupefacción—. ¿Ayudaría si me arrodillara?
La primera lágrima resbaló por la mejilla femenina con una lentitud agónica; las siguientes, se precipitaron a mucha más velocidad, como un río contenido por un dique que se rompía de golpe y arrasaba todo cuanto encontraba a su paso.
Un gemido estrangulado salió de la garganta de Aitana cuando le vio postrarse a sus pies con un fluido movimiento.

—Luis…
—¿Quieres casarte conmigo, pequeña?
—¿Por qué? —susurró entre molestos hipidos.
—Es una pregunta extraña. Creí que estarías loca de contento. Siempre has querido que te hiciera una mujer decente.
—Y tú siempre te has resistido. Con uñas y dientes.
La suave carcajada la obligó a sonreír mientras se sorbía la nariz. Allí, de pie, con la cara empapada y los ojos enrojecidos, era la estampa más preciosa que el hombre hubiera visto jamás.
—Representar el papel de tipo duro es mi función. Al fin y al cabo, soy abogado. Pero siempre he tenido muy claro que si no te hago mía en todos los sentidos llegará otro más listo y te apartará de mi lado. Y esa posibilidad me aterra.
Las últimas palabras fueron dichas en voz muy baja pero lo escuchó igual. Estaba ensimismada en su expresión, que contenía tanto amor que sintió que jamás había sido tan feliz.
—Pero que sea el día de los enamorados no ha influido para que te decidieras a pedírmelo.
Luis se levantó y le quitó la caja de las manos. Por un momento, Tana pensó que se había arrepentido y rezó por que se tratara de un sueño. Prefería mil veces que la proposición no hubiera ocurrido nunca, a que se la arrebataran así. Sin embargo, él abrió el estuche y sacó un deslumbrante anillo de platino con un diamante en forma de corazón, que le colocó con suavidad.
—No seas absurda —contestó con cierta hosquedad a su comentario anterior, sin apartar la vista del dedo donde lucía la sortija—. Estoy hambriento. ¿Celebramos que has aceptado ser mi esposa?
—¿Lo he hecho? —El hombre dibujó una sonrisa canalla con la despachó lo que, para él, era una pregunta tonta. Aitana meneó la cabeza, risueña— ¿Cenamos entontes?
Emitió un pequeño grito cuando se vio alzada y pegada a su duro cuerpo.
—No me refería a ese tipo de hambre, nena.
Las piernas femeninas se enroscaron alrededor de las caderas de su prometido.
—Oh. A la cama, entonces.
—Dudo que lleguemos pero intentémoslo.
Lo consiguieron por los pelos. Luis la desnudó despacio, a pesar de las acuciantes ganas que tenía por adentrarse en ella. Cuando solo un sexy conjunto de sujetador y tanga de encaje rojo escarlata cubría su precioso cuerpo, cogió aire despacio y saboreó el momento.

—Ese color te queda espectacular. Resalta de una forma deliciosa sobre tu piel blanca y hace que tus ojos parezcan más azules.
La mirada femenina se tornó pícara y era obvio que estaba conteniendo una sonrisa.
—¿De verdad estás pensando en mis ojos?
—Sí, aunque también en deshacerme de ese diminuto triángulo de tela.
Se abalanzó sobre ella y, en efecto, toda barrera entre sus cuerpos desapareció en cuestión de segundos. Le sintió, duro y caliente, justo donde más lo necesitaba en ese momento.
—Espera… —Sus labios engulleron sus palabras y correspondió con fervor al beso, enlazando su lengua a la suya en un baile rápido y provocativo. Él entró un poco más y jadeó por el placer—. Luis… Aguanta un momento…
La recomendación de su ginecóloga días atrás, cuando le retirara el DIU y le recetara la píldora, aconsejándole que usara algún método anticonceptivo alternativo durante un tiempo, pasó por su conciencia como un relámpago.
Estiró el brazo hacia la mesilla, donde guardaban la dichosa cajita de preservativos. El cajón volvió a cerrarse antes de que pudiera cogerlos. Observó la morena mano que reposaba sobre él y su mirada fue ascendiendo por el brazo y el hombro, hasta llegar al perfecto rostro, donde unos ojos claros y límpidos la estudiaban con intensidad.
—No lo necesitamos.
Aitana no pudo más que parpadear, atónita.
—Pero mi doctora dijo que las pastillas tardarán un tiempo es ser del todo efectivas…
Un beso dulce y pausado terminó con su queja.
—Así que si planto mi simiente muy profundo dentro de ti —comentó a la vez que se introducía en su estrecho y ardiente canal de un certero embate que causó un gemido trémulo en la joven—, es muy posible que esta arraigue y juntos creemos un hermoso bebé, ¿verdad?
La muchacha se paralizó bajo el musculoso cuerpo. Parecía un conejillo asustado pero Luis sabía que en realidad estaba sobrecogida porque, si Tana tenía un sueño sagrado al que no pensaba renunciar, era el de ser madre. Y lo único que le impedía conseguirlo era él.
—No te entiendo.
—Deja que te lo aclare, entonces. Deseo que nos casemos y que formemos una familia. Es hora de que todo encaje, nena.
Esos ojos encharcados… provocaron una miríada de emociones en Luis, que la observaba con el corazón en un puño, aterrado como nunca en la vida.
—Yo… yo… no sé qué decir.
—¿Qué tal sí?
Aitana se echó a reír de forma atropellada, dándose cuenta de que la lágrimas le brotaban con la misma fuerza que las carcajadas.
—Sí
Sus bocas se buscaron con ansia, deseosas de decirse todo lo que en palabras se quedaba corto. Ellos eran muy de piel y, durante unos minutos, se limitaron a sentirse, a hablarse con roces y mordiscos. Tan solo los gemidos rompían el silencio; hasta que, poco después, se sumó el repiqueteo de la lluvia golpeando con fuerza contra los cristales.
—Oh, Luis. ¿Sabes lo feliz que me siento?
—Eres lo mejor que tengo, pequeña. Todos tus sueños se han convertido en míos, también.
—¿Eso significa que haces esto solo por mí?
—Lo hago por los dos, porque es lo que deseas y lo que yo quiero. Porque juntos somos invencibles.
Una carcajada burbujeante y risueña resonó en el dormitorio como un eco que hablara de devoción y esperanza.
—¿Qué? —Quiso saber él, con el comienzo de un ceño arrugando su entrecejo.
—Estoy pensando…
—¿Hummm? —preguntó, con su completa atención puesta en otras cosas, como sus redondos y generosos pechos, cuyos pezones reclamaban ser besados a conciencia; o su sexo caliente y húmedo, que se aferraba a él y lo estaba volviendo loco.
—Que eres el hombre más romántico del mundo.
La morena cabeza se alzó con lentitud y sus ojos color miel la traspasaron, imperturbables.
—¿De qué demonios hablas? Solo estoy siendo práctico.
—O sea, que hacer la cena, pedirme matrimonio y querer que tengamos un hijo (todo el día de los enamorados), no es más que mera coincidencia.
La habitación se sumió en el silencio mientras se retaban con la mirada. Luis la cogió por la cintura y la giró con un movimiento rápido, colocándola encima de sus caderas. Había un brillo intenso, casi febril, en sus ojos, que Aitana pudo reconocer sin problemas. Era amor en estado puro.
—Deja de decir tonterías.













































































































































































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