• Raquel Mingo

TODO EMPEZÓ CON UNA CREMALLERA. ¿O FUE EN UN PROBADOR? 2ª. parte (relato corto)



De nuevo estoy frente a esos ojos celestes que tanto me turban, y de nuevo me pregunto qué hago aquí, de pie en la puerta del lujoso apartamento madrileño, en el centro de la ciudad, y custodiado por elegantes conserjes e impresionantes medidas de seguridad.

Intento despegar la lengua del paladar para soltar una de mis ocurrentes frases, pero solo puedo perderme en los estanques de su mirada y dar gracias por lo previsora que he sido al haberme puesto liguero, así no terminaré tropezando con las bragas cuando sea capaz de darle la orden a mis temblorosas piernas de traspasar el umbral, como él me está sugiriendo.

—No vamos a cenar en el descansillo, ¿verdad? —Le pongo mala cara, porque su diversión es a costa mía, pero no parece importarle. Es más, estoy segura de que mi enfado le hace más gracia aún. Paso por delante suyo, observando cuanto me rodea, admirando el lujo y la elegancia. Y la calidez. Es una combinación exótica, como imagino que lo será el propietario. Siento sus manos sobre mis hombros y me tenso, incluso cuando sé que lo que quiere es mi abrigo. Le dejo que me lo quite y me estremezco cuando sus dedos rozan la cremallera dorada y se quedan allí, como si fueran a bajarla—. Me alegra que hayas accedido a mi petición. —Suelto una carcajada y me giro para enfrentarle.

—Tú no pides nada —aseguro, recordando sus palabras exactas: «Ponte el vestido que estuve a punto de arrancarte aquella tarde». Su sonrisa de malote me desarma.

—Vas conociéndome.

—¿Lo hago? —pregunto en un susurro, consciente de lo mucho que deseo saber de él.

—No. Pero lo harás. —Y esa puerta es tan excitante, misteriosa, y atrayente, y es el hecho de que la haya entreabierto lo que me tiene hipnotizada. Podría ser un cruel violador, un despiadado asesino, o un estafador de ancianitas. Y yo seguiría observándole embelesada preguntándome cuál de las tres puertas del enorme salón llevará a su dormitorio—. Está todo listo, ¿cenamos? —Asiento, porque si digo algo será para preguntar si duerme desnudo, y aunque imagino que acabaré sabiéndolo tarde o temprano, supongo que ahora es demasiado temprano.

Me indica con la mano la mesa preparada con gusto y esmero para dos mientras se inclina hacia uno de los sillones a por un mando. Dos segundos después una suave música, lenta, y sensual, se escurre por todo mi organismo al igual que lo hace mi sangre, envolviéndome aún más en la telaraña que este desconocido está tejiendo a mi alrededor.

Es peligroso, lo supe en aquel probador, dos semanas atrás –el tiempo que he tardado en encontrar el valor para usar la tarjeta blanca y dorada con sus datos–, sin embargo no he podido pensar en otra cosa desde aquel día. Y huelga decir que la cita para la que en un principio compré este vestido nunca se materializó.

La cena se desarrolla entre miradas ardientes y una conversación fluida y relajada, en la que hablamos de cosas triviales, como los gustos y aficiones de ambos, y nuestros respectivos trabajos. Nada trascendental, sin embargo sirve para ir intimando.

—Estaba todo estupendo. —Y no miento. Cantidad, calidad y buena preparación. Y ha admitido haber cocinado él. Estoy cautivada.

—¿Quieres postre? —«Sí, desnúdate y túmbate en el sofá». Parpadeo y le miro intensamente, cerciorándome de que no lo he dicho en voz alta. Cuando su única respuesta es una ceja alzada y una sonrisa divertida vuelvo a respirar, segura de estar amoratándome.

—No, gracias. Estoy llena.

—¿Más vino? —Sé que debiera decir no, porque ya estoy mareada, sin embargo me veo a mí misma asintiendo como uno de esos perritos colocados en la parte trasera de los coches. Soy penosa. Él rellena las copas, las coge y se levanta. Después de un momento le sigo, porque soy consciente de que en algún lugar de su carísimo pantalón negro de vestir, o de esa camisa de seda azul cielo que se ajusta a ese cuerpo de infarto como si se tratara una segunda piel, está el principio del hilo con el que me tiene sujeta a su telaraña y que me insta a no separarme menos de dos metros de su persona. Se detiene frente a un aparador, donde deja las bebidas, y se gira despacio, mirándome con descaro y ardor, como lleva toda la noche haciendo—. ¿Bailamos? —Mi sorpresa es evidente. Su sonrisa suave, casi tierna, así me lo hace saber. No esperaba algo tan romántico de un hombre que sabe que tiene a la chica rendida antes de haber llamado al timbre. Suspiro cuando sus brazos me rodean y me aprietan fuerte contra él, segura de que estoy irremediablemente enredada en la trampa mortal de este depredador, y no importa cuánto luche, va a devorarme enterita. Me relamo de impaciencia—. Hueles tan bien… —Me susurra mientras nos mecemos al son de la música, rozando mi espalda desnuda con los nudillos, consciente de los escalofríos que me provoca ese simple gesto. Se separa un poco y me alza la cabeza, empujando mi mentón con suavidad en busca de mis ojos—. Quiero saber si tu sabor es igual de bueno que tu olor —Y como supongo que es su estilo, se lanza a averiguarlo, tomando mi boca en un beso largo, húmedo y sexual. Su lengua se interna en mi interior, y me seduce con la

—Tengo que irme.

—¿Qué? —Me pregunta con los ojos de par en par, sin poder ocultar su asombro.

Me apodero de sus labios de nuevo, simplemente no puedo evitarlo, y durante unos dos minutos me olvido de todo y solo disfruto de este espécimen voluptuoso y encantador. Después, sin avisar, me escabullo de entre sus brazos, cojo mi abrigo y sin atreverme a mirarle susurro mis últimas palabras.

—Mira en tu corazón. —Salgo de inmediato de allí, antes de arrepentirme. Joder, ya lo estoy lamentando. Pero una chica tiene que respetarse un poco, me digo, mientras siento tensarse el hilo que me mantiene unida a él con cada paso que doy y que me lleva más lejos. No quiero ser una más. Y si termino en esa cama, o contra la pared, o encima de la mesa, rodeada de los restos de comida, pasaré a engrosar una larga lista de amantes, rostros sin nombre a los que no volverá a recordar.

Sé que Jano encontrará la tarjeta. Igual que estoy segura de que me llamará. También él quiere más.





Las puertas del ascensor se cierran, al igual que mis pulmones, con cada segundo que pasa sin que venga a buscarme. Cierro los ojos, triste y enfadada, pero es conmigo misma, por ser tan idiota.

Tardo un momento en darme cuenta de que sigo parada en la misma planta, y es entonces cuando veo la tarjeta rosa palo que se ha colado por una rendija y está bloqueando uno de los sensores. Las puertas vuelven a abrirse, y ante mi expresión atónita aquellos ojos claros y penetrantes me observan con una mezcla de irritación, hambre, y diversión.

—Yo sí que quiero postre. —Me dice como si tal cosa, a la vez que me recorre entera con una mirada ávida y codiciosa—. Quítate el vestido, Yulia.

—¿Aquí? —Consigo preguntar con voz desfallecida, intentando recordar cuántas puertas vi al llegar.

—Hay otro vecino en esta planta además de mí —dice, demostrando que es capaz de leer mis pensamientos—. Y sí, quiero que salgas de ese ascensor sin esa tentación roja. Ahora, nena. Considéralo tu castigo por haber escapado de mí. —Frunzo el ceño y como siempre suelto lo que me pasa por la cabeza.

—¿Y cuál fue el tuyo por hacer lo mismo? —Se muerde el labio inferior antes de contestarme, y yo tengo que apretar los muslos en reacción.

—Esperar dos semanas tu llamada. —Vale, ya estoy rendida a sus pies. Una frase de novela barata y me encuentro de nuevo dentro de su apartamento, no sin antes haberme deshecho del puñetero vestido en el ascensor y haber recorrido el descansillo en ropa interior de encaje negro. Por el tremendo bulto que he podido apreciar en sus pantalones, mi sensual conjunto le ha encantado. La puerta se cierra a mi espalda, y no pasan ni dos segundos cuando siento su duro pecho pegado a mí.

—Eres preciosa. Y hay tanto fuego y pasión dentro de ti… Me gusta no ser capaz de intimidarte. —Lo hace. Es tan guapo, tan seguro de sí mismo, tan carismático. Pero no permito que lo sepa. Porque los depredadores se comen tres ovejitas como yo para desayunar todos los días.

Su boca me reclama, fuerte e inquisitiva, sin permitirme un respiro. Noto cómo su errante mano vagabundea entre mis muslos y las piernas comienzan a cederme. Su risa baja y gutural me molesta, pero sé que tiene motivos para sentirse ufano. Apenas me ha tocado y ya estoy cardiaca.

Sin romper el beso, a estas alturas tan carnal y exigente que me magulla los labios, me empuja despacio hacia atrás. No sé adónde quiere llevarme, porque su dormitorio no está en esa dirección, pero retrocedo igual, si quiere que lo hagamos en la sala de reuniones de la comunidad, mientras las madres les dan los potitos a los niños, por mí perfecto, yo solo quiero sentir más de esto.

De repente choco con algo muy frío, y acto seguido me da la vuelta y me coloca las manos a ambos lados de lo que resulta ser un espejo de cuerpo entero. La imagen que me devuelve me quita el aliento. Aquí estoy, desnuda salvo mi diminuto tanga de encaje y el provocativo liguero enganchado a unas medias negras que hacen mis piernas más largas, con unos zapatos de tacón de diez centímetros que no evitan que él me supere en al menos otros diez. Detrás, un hombre moreno, arrolladoramente atractivo y masculino, y en estado de máxima excitación, a juzgar por su expresión crispada y su cuerpo tenso de necesidad, me observa paciente, perdido en sus propias cavilaciones. La imagen es sexi, quizá porque yo apenas llevo ropa y él está completamente vestido.




—Esto…

—Demasiado tarde. Te di la oportunidad de una cama y todo lo que eso conlleva. Ahora será a mi modo —Dicho esto se pega a mi espalda, rompe mis bragas y mete la mano entre mis piernas—. Estás preparada… —Sonrío, a pesar de saber que puede verme por el cristal. Llevo dos semanas preparada. Noto cómo trastea detrás de mí, y sé que está bajándose la cremallera del pantalón. Cuando siento el calor ardiente de su miembro justo en mi entrada cierro los ojos y venzo la cabeza hacia adelante—. Mírame, Yulia —Con gran esfuerzo hago lo que me pide. Sus ojos celestes refulgen, cargados de pasión—. Me alegro muchísimo de que se te atascara aquella cremallera. —Me dice justo antes de penetrarme con fuerza hasta el mismo centro de mi ser. «Y yo, y yo» susurró solo para mí.

De hecho pienso romper todas mis cremalleras. Después vendré gimoteando para que me ayude con ellas.

Nota mental: Comprar mucha ropa interior.













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