Hay quien piensa que soy débil y quebradiza, el eslabón más fino de una cadena de tres.

Esas personas no me conocen. No tienen idea de mi fuerza, de mi coraje, de mi voluntad de hierro, de mi constancia a la hora de perseguir lo que quiero, como un perro tras el olor de un hueso especialmente sabroso.

Soy una luchadora, una superviviente, que ha pasado por mucho, ha perdido demasiado y ha conseguido seguir de pie —y lo que es más importante—, conservar sus sueños intactos para poder ofrecértelos en forma de hombres y mujeres especiales, valientes, aguerridos, dulces, feroces, cándidos, atormentados, siempre indomables, para amenizar tus horas de asueto y quizá también tus noches inquietas.

 

Y ahora, si quieres la versión edulcorada de mi vida, te diré que tuve una infancia complicada y difícil, que me llevó a crear mundos de fantasías con los que poder olvidar por un rato la fea realidad de la vida.

Siendo muy joven escribí algunas historias cortas —todas de amor, por supuesto— y bajo otras circunstancias, podría haber dirigido mis pasos hacia este mundo desde muy temprano, pues descubrí las novelas románticas a los diecisiete años y quedé tan prendada de ellas que desde entonces no he parado de devorarlas en mis ratos libres.

Actualmente, compagino un estresante trabajo que me ocupa casi doce horas, educar a un hijo en edad escolar, llevar una casa y encontrar tiempo entre todo ese embrollo para convertir un montón de ideas dispersas en algo hermoso con sentido y emoción, soñando con que llegue el día en que pueda dedicarme a ello en cuerpo y alma.

A ti te toca decidir cuál de ellas te gusta más. Ambas son ciertas.