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QUÉ TIENE EL AMOR... QUE TE HACE DESEAR...

  • Raquel Mingo
  • 12 jul 2018
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 1 mar


El agua se mecía con la delicadeza con que una madre balancearía la cuna de un recién nacido. El viento, que solía azotar la costa a diario, por fin se había rendido, dando paso a una paz absoluta. Un bienestar cálido envolvió a la joven como un manto, brindándole una serenidad que solo lograba alcanzar junto al agua.

Sentada en la orilla, con un blusón semitransparente que apenas ocultaba un bikini rojo, dejó que su mirada se perdiera en el horizonte. De noche, el mar era una masa oscura e indescifrable, un abismo lleno de misterios incluso para ella. De día, se transformaba en una extensión azul de una intensidad subyugante: infinito, ingobernable y salvaje. Hipnótico.

Eran apenas las cuatro de la madrugada cuando empezó a dibujar en su mente la silueta de una sirena de leyenda; una criatura que surcaba las profundidades a su antojo, embriagándose de magia y descubriendo tesoros ocultos.

Aquel sosiego exterior podía bastar para otros, pero su volcán interno no sabía procesar tanta pasividad. Ella era pasión, atrevimiento, inconformismo, tesón, incluso envidia. Porque sabía que ciertas emociones, aunque incomprensibles, siempre estarían fuera de su alcance. Especialmente, aquella que llamaban amor.

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Ese sentimiento esquivo, capaz de provocar traiciones y lágrimas, pero también sonrisas y una lealtad inquebrantable, era lo más hermoso y terrorífico que conocía. Lo ansiaba y lo despreciaba a partes iguales.

Se puso en pie con un suspiro de frustración. Se despojó del blusón y, con la vista fija en el susurro del agua, desabrochó la parte superior del bikini. Dejó que la prenda cayera sin mirarla. Luego, deslizó las tiras de la braguita hacia abajo hasta quedarse desnuda, abrazada por una repentina sensación de libertad.

Sus pies avanzaron por instinto, hundiéndose en la arena húmeda hasta tocar el agua. Se internó despacio, saboreando el contacto. Cuando el mar le alcanzó el pecho, una sonrisa plena y sensual, mezcla de placer y ansiedad, iluminó su rostro. En un movimiento fluido, perdió el equilibrio y se sumergió por completo.

Un minuto después, un fuerte chapoteo rompió el silencio de la cala. Nadie fue testigo en aquella playa solitaria de cómo una cola azul iridiscente brilló bajo la luna llena antes de perderse, definitiva y perfecta, en las profundidades del Mediterráneo.



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