• Raquel Mingo

LA DIFERENCIA ENTRE QUERER Y NO PODER EVITAR ESTÁ EN LA PALABRA AMOR


—He decidido que voy a enamorarme.

—Humm —El hombre que aparentaba unos cuarenta años continuó con la vista fija en la ciudad que se extendía por debajo de ellos y aunque estaban sentados en el borde de la azotea del rascacielos, a más de 415 metros del suelo, no dejó de buscar entre la muchedumbre, seguro de que de un momento a otro encontraría lo que había esperado durante tanto tiempo—. ¿Y por qué querrías hacer tal cosa?

—Simple curiosidad. Necesito comprender qué es lo que lleva a estos estúpidos a perder la cabeza. Por qué esa emoción que llaman amor les lleva a cometer atrocidades como provocar guerras, traicionar a hermanos o asesinar a sangre fría. Robar, mentir, perderse a uno mismo… Todo en base a un sentimiento esquivo y efímero por otro individuo que a menudo no retribuye el mismo afecto.

—No olvides que también saca lo mejor de esta especie. Les vuelve generosos, protectores, confiados. Y sobre todo, les da esperanza. —Le recordó su amigo al joven, que en realidad tenía 1.347 años humanos. Él lo descartó con un movimiento impreciso de la mano, a todas luces despreciativo.

—Lo que los hace débiles.

—Y a la vez fuertes —La mirada pétrea de unos ojos completamente negros se clavó con fuerza en el rostro del adivino más poderoso de todos los tiempos, que no se inmutó ante el inicio de enfado del líder supremo de una raza fiera e inmortal.

—¿Admiras a esos seres imperfectos y enclenques?

Traylan —El nombre pareció ser seguido por el eco de cientos de voces ancestrales e incluso el aludido, endurecido a través del tiempo y la sangre vertida en miles de batallas, parpadeó ante la contundente censura contenida en aquella única palabra—. Como jefe debes saber valorar las cualidades de un pueblo, aunque le quede tanto por aprender como a este.

—Y lo hago. Pero los humanos carecen de virtudes. Se aniquilan los unos a los otros y destruyen todo cuanto tocan. Ese amor que tanto alaban no supera las pruebas más simples y se esfuma en cuanto se les cruza otro espécimen más alto, más atractivo, con más fama o fortuna…

—Y sin embargo…

—Y sin embargo es lo que mueve su mundo. Lo sé. Por eso quiero experimentarlo. Saber lo que se siente cuando otro ser te roba el aliento, cuando te pierdes en la mirada cristalina de una mujer que solo para ti es la única, cuando la sientes temblar entre tus brazos… —La mirada divertida del anciano le molestó, sin embargo siguió observando la oscura noche con absoluta impasibilidad, aunque supiese que no podía ocultarle nada a un ser divino con más de 3.000 años y poderes casi ilimitados—. ¿No pregonan todas esas absurdeces estos idiotas? —argumentó en tono ácido mientras se ponía de pie con ímpetu. Un segundo más tarde unas impresionantes alas de más de tres metros de longitud cada una se desplegaron a ambos lados de su cuerpo. Sus grandes y perfectas plumas eran de un negro absoluto, que combinaba a la perfección con el tono de su pelo y ojos, incluso con el de su ropa. Era un ejemplar soberbio y como enemigo, el más temible y fiero con el que cualquier raza pudiera cruzarse.

—Aún no. —Se limitó a señalar su compañero.

—¿Aún no qué? ¿Qué coño pintamos aquí? —El adivino sonrió, pero solo para sí. Su señor podía despotricar contra la humanidad hasta desgañitarse pero parecía más humano que muchos de ellos. La verdad, lo quisiera reconocer él o no, era que las personas de ahí abajo lo fascinaban desde hacía cientos de años. Y aunque lo desconocía aún, esos pobres miserables que tanto despreciaba terminarían salvando a su pueblo de la extinción. En especial una de ellos.

—Ya queda poco —Fue todo lo que dijo, lo que solo consiguió cabrearle aún más. Lo ojos negros se convirtieron en dos bolas de fuego que habrían aterrorizado a feroces guerreros de muchos mundos, sin embargo él se limitó a levantarse despacio y a extender con elegancia sus alas de color gris plomo, sin molestarse en echarle ni un vistazo—. Ahora sí, muchacho. —Y se lanzó al vacío con una risa ronca.

—Maldito seas, Scarssian —murmuró antes de seguirle. Instantes después estaban entre la muchedumbre que ocupaba la atiborrada calle, sin que nadie hubiera notado nada, ya que podían moverse a una velocidad que escapaba al ojo humano. Podían hacer tantas cosas…—. ¿Qué cojones hacemos tan cerca de ellos? —preguntó entre dientes, aunque hubiera sido más seguro utilizar la conexión mental.

—Vaya boquita… Ves demasiada televisión. Otra costumbre suya a la que te has aficionado en los últimos tiempos. Y no puedes convencerme de que no te escapas cada dos por tres para mezclarte con ellos. Te recuerdo que entre mis dones está la adivinación, la clarividencia y la lectura de mentes. Y la tuya está repleta de escenas guarras y de momentos pasados entre esta buena gente.

—Me estás cabreando, viejo. Y borra de tu cabeza mis experiencias íntim… —La mano alzada le obligó a callarse, pero lo que le puso en guardia fue la tensión que alcanzó a percibir en su amigo como si formara un manto invisible alrededor de ambos. Siguió la dirección de su mirada y tuvo que coger una gran bocanada de aire para digerir la impresión.

Frente a ellos una pelirroja de enormes ojos verdes y una generosa boca del color de las fresas se acercaba meneando las caderas. Iba enfundada en un mono de tirantes, ajustado y de una tela liviana en tono jade que resaltaba sus pechos altos, firmes y abundantes, su cintura pequeña y sus piernas infinitas. Se detuvo a medio metro escaso del más joven de los dos y pasó una mano varias veces por delante de su cara. Él levantó una ceja con curiosidad—. ¿Qué haces? —indagó entre divertido y extrañado.

—Intentaba demostrar mi teoría de que eres ciego y no un maleducado. Pero no, solo eres otro guaperas sobreexcitado. —Una sonrisa tironeó de los labios masculinos mientras estudiaba a la descarada beldad.

—Admiraba algo bonito. ¿Eso es un crimen?

—Te ha faltado mirarme los dientes. —La cara del hombre se mantuvo inexpresiva. «¿Te ha dado tiempo a fijarte en su dentadura?». La mujer se giró de golpe hacia Scarssian, que la contempló con fijeza y no se molestó en contestarle.

—¿Quiénes sois vosotros? —Les preguntó, sin poder disimular un deje de temor en su voz.

—Solo dos entre cientos —respondió el adivino, señalando a la multitud que les rodeaba. «¿Por qué nos tiene miedo?» quiso saber su líder a través de la comunicación mental. La muchacha clavó su mirada en él, como si le hubiera escuchado con claridad, cosa que era imposible.

—Tengo que irme —susurró, antes de dar un paso atrás.

—Espera. —La enorme mano del guerrero se ajustó a la delicada muñeca y ambos sintieron la corriente eléctrica que fluyó a través de sus pieles. Sus ojos se encontraron en una mirada de idéntica confusión.

—No vamos a hacerte daño, niña. —Las palabras tranquilizadoras del apuesto cuarentón la hicieron despertar del trance en el que parecía estar sumida y se soltó del agarre de un tirón.

—De ti no estoy segura pero el guaperas pretende poner mi mundo patas arriba. —La carcajada de Scarssian colocó unos profundos ceños en los rostros de los otros dos.

—Me da que tú vas a hacer lo mismo con él. Preveo una lucha de titanes. —«La sobrestimas, amigo. No me va a durar ni media de sus horas. La tendré caliente, mojada y dispuesta a suplicar antes de que se dé cuenta de que me dispongo a seducirla». Observó complacido a la joven, que le estudiaba a su vez con los ojos entornados, como si no tuviera muy claro qué hacer con él.

—Tú eres gilipollas —se limitó a decirle, en respuesta a la seductora sonrisa que le lanzó, como el regalo de los dioses que se creía que era.

Traylan parpadeó con incredulidad cuando la vio girarse y comenzar a alejarse, dejándole plantado como a un pasmarote, ajeno a las risas de su todopoderoso asesor.

Con su simple voluntad detuvo el tiempo y todos los transeúntes se paralizaron, los coches quedaron en mitad de la carretera y los pájaros permanecieron inmóviles en pleno vuelo.

Y la maldita pelirroja siguió andando como si nada, segundos después de sobreponerse al asombro de presenciar todo aquello. Incluso se atrevió a soltar una carcajada cuando comprendió que era la única a la que no afectaba aquel fenómeno, levantó la mano derecha y le alzó el dedo corazón, todo eso mientras se perdía entre la multitud convertida en estatuas de carne y hueso.

Traylan escuchaba la potente y estrepitosa risa de su acompañante, cuyo eco era repartido por toda la ciudad, en ese momento en completo silencio y apretaba los dientes para no estampar su puño en el rostro de su maestro. Después un pensamiento se superpuso a su enfado.

—No sé su nombre.

—Esmeralda —Se giró despacio hacia él y le perforó con sus ojos negros entrecerrados. No tuvo que hacer la pregunta, el adivino sabía perfectamente qué estaba pensando—. Sí, es ella. Una humana pero con ciertas capacidades que la hacen única entre su especie. Unas capacidades que deberemos descubrir, porque incluso ella misma las desconoce —Un momento después estaban encaramados al puente George Washington, observando el incesante tráfico de sus 8 carriles superiores—. Esa neoyorkina va a enseñarte lo que duele el amor —Una carcajada rebosante de placer anticipado salió de la garganta del anciano—. Puede que resultes más humano de lo que imaginas.

Y por primera vez en su vida Traylan tembló.



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