• Raquel Mingo

UNA NOCHE DE SEXO Y NADA MÁS (Relato Hot)



«Mujer de 25 años, desinhibida y experimentada, desea vivir una pasión sin límites con hombre soltero de edad similar y gustos tradicionales.

Interesados, escribir a:

unanochedesexoynadamas@gmail.com».


La habitación es impersonal, aunque cara y bonita. Intento no pensar en cómo me siento porque la haya pagado alguien a quien no conozco y con quien se supone que debo compartir mi cuerpo en una media hora escasa, pero fue una condición innegociable de la persona que contactó conmigo vía e-mail y con la que acabé accediendo a quedar hoy.

Sin perder un segundo más me dirijo al cuarto de baño y me doy una ducha rápida. Me encantaría quedarme en la cabina de hidromasaje por tiempo indefinido, puede que a vivir, porque los múltiples chorros que impactan contra mi cuerpo son como divinos dedos frotando mis rígidos músculos y, cuando salgo, siento que, junto al agua jabonosa, también se ha ido toda la tensión que me embargaba.

Le echo un vistazo al reloj. Mierda. Me seco y me pongo el body nuevo que me compré esta mañana. Me miro en el espejo y sonrío complacida con la imagen que me devuelve. Me siento... guapa. Es una prenda muy favorecedora; de seda negra, con encaje en el borde superior del pecho y en las caderas. Resalta mi piel clara, con mi cabello rubio y mis ojos azules, que brillan por primera vez en meses.

Rectifico; me siento sexi, y es una sensación maravillosa.

El resto: un maquillaje suave, un peinado natural, y unas pocas gotas de mi perfume habitual.

—¿Estás preparada? —le pregunto a mi reflejo.

Los nudillos que tocan la puerta contestan por mí. Busco mi batín por todas partes antes de darme cuenta de que lo he dejado olvidado en casa. Suspiro; ambos sabemos por qué estamos aquí, así que voy a abrir en plan Mata Hari, aunque no tenga ni idea de qué significa eso.

Sus ojos me recorren de arriba abajo sin disimular que están disfrutando con las vistas. Se tarda su tiempo, mientras a mí está a punto de darme un infarto. Cuando al fin termina su escrutinio, tengo la sensación de que no me queda mucho más por ofrecerle.

—¿Puedo pasar? —pregunta, con una educación tardía.

—Es tu habitación —concedo algo enfadada, a la vez que me hago a un lado.

Pasa y se quita la chaqueta de cuero, echando un vistazo rápido a su alrededor.

—¿Te gusta?

—Es preciosa —admito, más pendiente de lo que deja entrever el fino jersey marrón oscuro.

Después de unos cuantos mensajes, intercambiamos nuestras fotografías, pero en persona resulta… más. Mucho más.

Se gira hacia mí.

—Tú sí que lo eres. ¿Puedo saber tu nombre?

No sé si es buena idea. Después de hoy cada uno seguirá su camino; sin confidencias, sin promesas. Sin nombres.

Sus ojos oscuros me estudian con cierta diversión, como si supiera con exactitud lo que estoy pensando. Son preciosos; grandes e intuyo que inteligentes. Y me están licuando el cerebro.

—Vega.

Su sonrisa es aún más bonita. Maldita sea.

—Yo soy Héctor.

—Un placer.

También tiene un par de hoyuelos irresistibles. Suspiro.

—Aún no. Pero lo será.

No sé cómo responder a eso. Estoy medio desnuda frente a un tipo guapísimo que lleva demasiada ropa encima, que además ha contestado a un anuncio de índole sexual que he publicado como parte de una terapia estúpida. Y me mira de una forma tan intensa que empieza a costarme respirar con normalidad.

—Ven aquí, dulzura.

Vale, ahora me tiemblan las piernas, pero es lo que pretendía con ese halago, ¿no?

Me acerco despacio, igualito que una gacela a un león hambriento, aunque algo me dice que el pobre animalico no sería tan tonto como yo y huiría despavorido en dirección contraria. Pero he venido a esto, y me ha costado meses dar un paso así. Por eso sigo avanzando. Por eso y porque Héctor no pestañea mientras espera paciente a que llegue hasta él. Y, cuando lo hago, solo alza la mano hasta mi mejilla y la acaricia con suavidad.

—No sé por qué me da que no eres tan desinhibida y experimentada como vas proclamando por ahí.

Muestro una espléndida sonrisa, en la que me aseguro de incluir una gran dosis de confianza y otra de sensualidad. Después me cuelgo de su cuello y me apodero de su boca.

El valor y el aplomo me duran dos segundos escasos; el tiempo que tarda en hacerse con el control del beso y de todo mi cuerpo.

Dios mío… Besa como los ángeles… En el caso de que los ángeles besaran a mujeres mortales, por supuesto. Y manejaran la lengua con una destreza tan apabullante que me tuvieran mojada sin necesidad de más alicientes.

—¿Estás segura de esto? —susurra en mi oído antes de mordisquearme el lóbulo.

Un escalofrío recorre mi cuerpo, y no todo es debido al placer. La pregunta, en apariencia inocua, encierra una cuestión que no quiero admitir. Ha descubierto mi farol antes de ponerme una mano encima. Incluso habiéndole dado la bienvenida en ropa interior, lista para cualquier cosa.

Nunca he hecho esto antes. En realidad, apenas recuerdo la última vez que estuve con un hombre.

—Sí —contesto con firmeza.

Nunca tuve claro si podría llegar hasta el final, ni siquiera mientras me vestía y maquillaba. Ahora lo sé.

Sus ojos color chocolate me buscan. Reconozco la pasión, el deseo y, sí, la cautela, bailando en ellos. Y, aunque se lo agradezco, no es necesario.

—Quiero… —Cojo aire y lo suelto despacio, sin dejar de mirarle—. Necesito deshacerme de placer.

La preciosa sonrisa que sabía que aparecería tras mi confesión derrite mis neuronas, una a una, hasta que me convierte en un montón de suspiros jadeantes.

—Lo has pedido tú, dulzura. No quiero oír ni una sola queja cuando no puedas más.

Asiento. Soy incapaz de hablar.

Héctor coge el borde de su jersey y se lo saca por la cabeza. Mis ojos viajan sin rumbo entre sus abultados pectorales, sus trabajados abdominales y sus musculosos brazos. Aunque se quedan inmóviles en sus manos, que trajinan con el cinturón de cuero. Y después no pueden perder detalle del momento en que desabrochan el botón y bajan la cremallera del vaquero.

Casi me ahogo cuando retengo la respiración esperando a que se baje los pantalones y, al coger aire, tardo unos segundos en comprender que los calzoncillos se han marchado con ellos.

«Dios, ten piedad de mí», ruego cuando le tengo desnudo. Este hombre es inmenso. Y no refiero solo a su metro noventa de estatura, que se hará más patente en cuanto me baje de mis taconazos. Tampoco a su complexión de dios griego, tan diferente a mis huesos finos y delicados, como de muñequita de porcelana.

En lo que estoy pensando es en ese falo enorme que me apunta sin vergüenza; largo, grueso y, estoy convencida, duro como el granito.

Yo no estoy hecha para tamaña generosidad. Y mucho menos después de mi larga abstinencia. Me va a partir en dos, seguro.

—Vuelves a tener miedo.

Alzo la mirada hasta sus ojos, que permanecen inexpresivos. Incluso ha conseguido ocultar el hambre que me consta que siente.

—Es que eres… demasiado.

Sus labios se tuercen hacia el lado derecho. Desnudo como está, parece el diablo en persona. Y, la verdad, ahora mismo no me importaría ir al infierno.

—Soy justo lo que necesitas —asegura, estudiándome con parsimonia—. ¿Quieres comprobarlo?

La respuesta debiera ser un sí rotundo. Por desgracia, soy una persona complicada. Una insidiosa duda me carcome desde hace rato; desde que abriera la puerta, en realidad.

—¿Qué haces aquí?

Mi pregunta no parece descolocarle en lo más mínimo, como si estuviera esperando a que la formulara.

—Tu anuncio llamó mi atención.

—No pareces de los que busca compañía a través de páginas de contactos.

—Digamos que no tengo necesidad. Parecías muy nerviosa y me entró curiosidad. Sí, estaba en aquella terraza mientras lo escribías —admite ante mi evidente confusión.

—¿Qué?

—Estabas guapísima con aquel vestido de florecitas y no podía quitarte los ojos de encima, así que cuando fuiste al baño, me acerqué a tu mesa y le di coba a tu amiga. Fue realmente fácil, la verdad, incluso me senté en tu silla y de ese modo pude leer el anuncio mientras ella creía que me la estaba ligando.

Abro los ojos como platos cuando recuerdo lo que ocurrió aquella tarde.

—Tú eres el tío bueno del que me estuvo hablando durante días. El que nunca la llamó.

—No es mi tipo —se limita a decir, sin atisbo de remordimiento—. Me inscribí en la app de citas antes de que os marcharais. El resto ya lo sabes; nos escribimos varios e-mails, nos gustamos y hemos llegado a esta habitación.

Niego con la cabeza, sin estar convencida.

—¿Qué? —pregunta, alzando una ceja.

—Que todo eso está muy bien, pero sigue sin explicar qué ha visto alguien como tú en mí.

Se cruza de brazos, así, como si no estuviese completamente desnudo.

—¿Aparte de una mujer hermosa, con un cuerpo espectacular y extremadamente sexi, quieres decir?

Supongo que mi expresión pasmada constituye una respuesta en sí misma.

—Aunque admito que el que seas inteligente, valiente y muy dulce también me excita —añade con voz grave.

Necesito sentarme. O tomarme un par de copas de vino. O darme otra de esas duchas reconstituyentes.

Ahora mismo me siento… K.O. Y una mujer muy diferente a la que entró en esta habitación hace una hora.

—Héctor.

—¿Qué?

—¿Serías tan amable de hacerme el amor, o follarme, o partirme en dos?

Suelta una carcajada. Y, claro, es un sonido que me encanta.

—Si me lo pides así…

—Te lo pediré como tú quieras, si el resultado es el mismo.

—Voy a necesitar que algo de esta ropa desaparezca.

—¿Solo algo?

—La suficiente como para que no resulte molesta. Confío en que las medias y los zapatos podamos mantenerlos.

—Eso solo deja el body como tema de discusión.

—Una pieza deliciosa y sensual, por cierto.

—Me alegra que la apruebes.

—Ahora quítatela. Despacio, haz que dure.

Reconozco que me tiemblan ligeramente las manos cuando deslizo los tirantes por mis hombros. La diáfana tela resbala por los brazos y termina varada en mis caderas.

Su seductora sonrisa me proporciona el valor para quitarme la prenda y quedarme inmóvil frente a su escrutinio.

—Eres increíblemente hermosa. Tengo tantas ganas de coger mi móvil y fotografiarte… Tranquila —murmura, cuando me cubro por instinto—, entiendo que la posibilidad te ponga nerviosa, aunque eso no significa que no me gustara que posaras para mí. Verte así, en medio de una reunión, me pondría tan cachondo que tendría que paralizarla para encontrar un lugar aislado donde poder masturbarme con tranquilidad.

—Héctor…

—Tócate.

—¿Cómo…?

—Vamos, Vega, date placer. Estoy seguro de que sabes hacerlo.

Me muerdo el labio inferior, indecisa. Claro que sé satisfacerme a mí misma. La cuestión es si seré capaz de hacerlo con él pendiente de cada uno de mis movimientos.

—Entiendo que hace mucho tiempo que no estás con un hombre. Puedo advertirlo en cada una de tus reacciones; en tu manera de mirarme; en el rubor de tus mejillas. Por eso vamos a ir despacio. Contendré mi apetito por ti y haré que te deshagas de gozo. ¿Estás dispuesta, dulzura?

Tamaña declaración solo merece una respuesta.

—¿Qué tengo que hacer?

—Quiero ver cómo disfrutas de tu cuerpo.

Mis manos se mueven solas. Al principio, torpes y ansiosas, después… me recorren sumidas en un trance, dirigidas por mis necesidades más básicas, aquellas a las que he estado callando durante tanto tiempo y que ahora gritan a pleno pulmón.

Me acaricio los pechos, henchidos y necesitados, cuyos pezones se mantienen erguidos esperando su cuota de atención, y poco después, estoy rozando los pétalos entre mis piernas, húmedos de rocío y anhelantes de lo que está por venir.

Apenas tardo unos segundos en perderme en el placer y olvidarme de que tengo público. Esto es bueno, tanto, que no me guardo nada dentro y gimo fuerte, sin preocuparme de quién pueda escucharme.

—Qué música tan bonita —elogia Héctor—. Dime algo: Cuando juegas sola, ¿te limitas a acariciarte? ¿O también te penetras?

—Las dos cosas.

—¿Por dónde?

Parpadeo un par de veces antes de contestar.

—Entre las piernas.

—Hazlo.

Introduzco el dedo corazón y suspiro. Estoy tan mojada que resbala con facilidad.

—¿Solo uno?

Le miro en silencio. Su expresión es bastante hermética. Hay hambre, pasión y ternura en sus ojos, aunque no consigo saber si se está riendo de mí. Su sonrisa se hace más grande e intuyo que tiene una idea bastante clara de mis pensamientos.

Retrocedo y me meto dos dedos, que recibo con un chillido.

—Vuelve a mimarte el clítoris con la otra mano.

«Estoy en la gloria» pienso, atrapada en una tormenta de deseo, necesidad y goce. Me embisto con fuerza mientras atormento mi pequeño botón sin descanso.

—No dejes de mirarme cuando te corras.

Cuando la marea de placer me alcanza, ni siquiera parpadeo mientras nuestros ojos se acarician. Saber que él ha estado observándome fijamente todo el tiempo ha potenciado mi clímax.

No soy capaz de mantenerme en pie y Héctor se apresura a cogerme de la cintura para evitar que caiga al suelo.

—¿Estás bien?

—¿Tú qué crees?

—Que ha sido intenso.

—Yo diría soberbio.

—Me vale —dice antes de dejarse caer de rodillas frente a mí—. Abre las piernas.

Lo hago con el corazón a mil por hora.

—Más, Vega.

Al primer toque de su lengua pego un grito. Quisiera decir que es porque estoy muy sensible después del orgasmo pero es que lo hace de maravilla. Lamerme entera. Es… divino. Y no puedo parar de retorcerme bajo el toque de sus rugosas pasadas.

—Ya sé que te gusta, pero estate quieta.

Una de sus grandes manos se ancla a mi cadera y consigue inmovilizarme, lo que, sorprendentemente, me pone más cardiaca todavía. Y, cuando siento la estrecha punta de la lengua en mi entrada, casi me dejo ir de nuevo.

—Todavía no. Aguanta un poco.

«¿También sabe leer mentes?». Si la respuesta es sí, este hombre es un dios venido a la Tierra para torturar a mujeres indefensas.

«Que haga conmigo lo que quiera», me rindo, ante las rápidas y continuas penetraciones.

Apenas soy consciente de las leves caricias de su otra mano por la hendidura de mi trasero. Hasta que…

—¿Has permitido que alguien te tenga por aquí?

Noto cómo se me suben los colores, pero su mirada franca y descarada no me permiten un segundo de respiro.

—No…

—En el sexo no caben la vergüenza ni los remilgos. Si algo te duele o no te gusta, lo dejamos. El resto, está sobre la mesa. ¿O por gustos tradicionales te referías al misionero y a tener la luz apagada?

No me da a lugar a contestar. Su boca vuelve a cernirse sobre mi sexo y yo pierdo el raciocinio, junto con la vergüenza y los remilgos.

Uno de sus dedos recoge mi crema y la extiende por detrás y, cuando quiero coger aire y prepararme mentalmente, le tengo introducido hasta el fondo.

—Héééctor…

—¿Te hago daño? —pregunta, moviéndose con cuidado pero sin pausa.

—No. Es que es… extraño.

—Dejará de serlo en un momento y entonces lo disfrutarás.

—¿Cómo estás… tan seguro? —balbuceo, porque sus atenciones me están dejando los pulmones vacíos.

—Porque sé que eres una mujer muy apasionada. Y porque esos gemiditos son muy reveladores.

—¿Qué…?

«Dios…». Pues sí, estoy maullando como una gata en celo y, para ser sincera del todo, hace rato que la incomodidad dio paso a un placer sin igual. Algo nuevo e inesperado que me está volviendo loca.

—¿Necesitas más, dulzura? Veamos qué pasa si subimos la apuesta.

La apuesta sube a dos dedos en mi azorado culito y otros dos en mi chorreante sexo y, por el aullido que pego, seguro que le ha quedado claro a todo el lujoso hotel que estoy muy contenta con las cartas que me han tocado.

—Eso es. Disfruta. Esto es para ti.

Sus dientes muerden sin fuerza mi clítoris a la vez que me folla sin compasión por todos mis agujeros. No puedo evitar demostrarle cuánto me gusta; los sonidos que inundan la habitación no dejan lugar a dudas pero, además, una más que reveladora humedad resbala por mis muslos, empapándome las medias.

—No puedo más… Necesito…

—Dámelo todo.

Me dejo llevar y me corro en su boca. No deja de penetrarme durante un rato, ni de devorarme, para asegurarse de que alcanzo todos los matices del orgasmo. Y después me lame con devoción, como si quisiera para sí toda mi esencia.

Cuando se harta se levanta y enreda mi melena en su puño.

—Tu olor es una puta pasada. Pero tu sabor… Me gustaría no comer otra cosa más que tu coño a todas horas.

Me besa con pasión y puedo saborearme a mí misma. Es excitante.

—¿Estrenamos la cama? —pregunta con una sonrisa.

—Claro.

Me lleva de la mano y se sienta sobre la colcha. Contempla mi cuerpo con una mirada perezosa antes de detenerse en mis ojos.

—Hay algo en lo que llevo pensando desde hace rato.

—¿En qué?

En lugar de contestarme tira de muñeca hacia abajo, de modo que quedo de rodillas entre sus piernas abiertas.

—Tienes una boca preciosa.

Trago con fuerza. No hay que ser muy lista para saber lo que quiere.

—¿Lo has hecho antes?

Asiento.

—¿Y te apetece?

La verdad es que sí, aunque su tamaño me intimida, como también el hecho de que he perdido bastante práctica y temo decepcionarle.

—Mucho —confieso con sinceridad.

De nuevo, esa sonrisa tranquilizadora, como si mi cabeza tuviera subtítulos y él quisiera calmar todos mis recelos.

Apoya las manos en el colchón y, con ese simple gesto, me cede el poder. Me acerco despacio y abro los labios. Mi lengua resigue el contorno de su mullido glande antes de meterme su miembro en la boca.

El jadeo de Héctor me encanta, así como el rictus de placer que se dibuja en su cara. Es tan condenadamente guapo, que apenas pude creérmelo cuando contactó conmigo.

Ahora, con su falo tocando mi garganta, sigue pareciéndome un sueño. Espero no despertar nunca.

—Sigue —pide con voz ronca—. Trágatela entera.

No sé si podré hacerlo, pero hay tanta urgencia y necesidad en su tono, que lo intentaré con todas mis fuerzas. Solo quiero proporcionarle tanto gozo como él me ha dado a mí.

Me agarra la cabeza y se hunde más en mi interior. Las arcadas no tardan en aparecer.

—Gírate un poco. Respira por la nariz.

Lo hago y las cosas mejoran. Ya no parece que vaya a ahogarme.

—Eres fantástica.

Sus caderas me embisten una y otra vez, rápido y con ímpetu, pero no deja de comprobar si estoy bien.

De repente se detiene y sale de mi boca.

—Eres muy buena. Quiero correrme dentro.

—Hazlo —digo, porque lo deseo.

Él cierra los ojos un momento.

—Después. Ahora quiero follarte.

Mis muslos se contraen de forma involuntaria. Quién me iba a decir que tras tanto tiempo inactiva y con dos orgasmos tan seguidos, iba a seguir deseándole tanto.

Esta vez no tiene que dirigirme. Me siento a horcajadas y empiezo a bajar despacio. Casi pataleo de frustración cuando sus manos me agarran de la cintura y me detienen.

—Espera. Tengo que ponerme un preservativo.

Le miro en silencio. Un mar de dudas me ahoga. Me muero por sentirle sin barreras de ningún tipo pero ¿hago bien en arriesgarme tanto?

«Es la primera vez que le veo, y lo he conocido en una aplicación de citas». Mejor que…

—Sé que estás limpia, Vega. En cuanto a mí, nunca, en toda mi vida, he practicado sexo sin protección.

—¿Y lo harías… ahora?

Me observa serio durante unos segundos.

—¿Utilizas algún tipo de anticonceptivo?

—Sí.

—¿Por qué?

Es una pregunta lícita. Al fin y al cabo, ya hemos establecido que no mantengo relaciones con nadie.

—Las reglas siempre han sido muy dolorosas y la píldora me ayuda.

Sus labios rozan los míos en una caricia casi etérea.

—Sentir tu humedad ardiente va a ser una puta locura.

Y, sin más, me alza lo suficiente para ensartarme en su rígido mástil, de forma lenta y calculada, y sin dejar de mirarme a los ojos.

Los dos gemimos a la vez cuando la introduce entera. Es… delicioso.

—Eres tan estrecha… Muévete, cielo.

Al principio voy poco a poco porque es muy grande y siento cierto escozor, a pesar de estar muy mojada. Pero la excitación me puede pronto, sobre todo con su boca deleitándose con mis pechos, que chupa y lame sin descanso.

—Dime lo que quieres. Sé valiente y te lo daré todo.

¿Valiente? Con él he roto todas las barreras, reales o imaginarias, que constreñían mi vida sexual. Ahora solo queda disfrutar de lo que me tenga preparado.

—Más. Quiero más. No dejes que me pierda nada, por favor.

Con un simple movimiento nos cambia de posición: yo termino tumbada en la cama y él se coloca encima de mí. Sus manos abarcan mis tobillos y comienzan un camino ascendente. Cuando llegan a la altura de los muslos, tira de ellos para poner mis rodillas sobre sus hombros.

—Bonitas vistas —bromea, con la mirada perdida en mi entrepierna.

Intento bajar las piernas pero no me lo permite.

—Tienes un coño precioso, nunca te prives de lucirlo.

—Yo no soy tan desinhibida como tú.

—Una pena. Vamos a ver si consigo quitarte unos cuantos de esos molestos complejos.

La punta de su miembro se roza con insistencia contra mi entrada y no tardo en alzar las caderas en su busca. Su risa entre dientes apenas me perturba.

—La quieres, ¿verdad?

—Sí…

—Tómala, entonces. Es toda tuya.

Esta vez, cuando me penetra, no es tan suave ni considerado como antes. Y me gusta igual. Mi sexo lo recibe entusiasmado y chapotea de gusto.

—Dios, Héctor…

—Sí, cielo, se siente muy bien…

Y que lo diga. Incluso cuando las embestidas se vuelven salvajes y apenas soy capaz de respirar. Entonces es incluso mejor.

—No puedo…

—Claro que puedes. Concéntrate en tu placer. Y gózalo.

Me besa con tanta entrega y pasión que siento que nunca más podré disfrutar de un beso después de este. Nuestro baile de lenguas es erótico, visceral e íntimo. Incluso tiene un punto de romanticismo. Y es otra forma de hacerme el amor.

—Cuando te llene con mi semen sabes que voy a follarte tu bonito culo, ¿verdad?

No lo puedo evitar. Su promesa hace que mis músculos internos se contraigan y que un arrollador orgasmo me atraviese, igual que un rayo.

Grito, presa de un placer devastador.

—Me encanta cómo me estrujas la polla cuando te corres… —murmura, un segundo antes de rugir como un león en plena selva y dejarse ir en mi interior.

Segundos después, se deja caer a un lado para no aplastarme. Noto su mirada fija en mí y después de un rato me atrevo a enfrentarle.

—¿Ha vuelto el pudor, dulzura? —me pregunta, acariciándome el hombro.

Le sonrío, porque él será siempre un sinvergüenza.

—Espero que no. Estoy pasándolo muy bien siendo una descarada.

Su carcajada es música para mis oídos. Y las manos que amasan mis pechos con pericia y glotonería un deleite para los sentidos.

—Eres la reina de tu cuerpo. Apréndetelo de memoria y tendrás todo el poder sobre los hombres.


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