• Raquel Mingo

UNAS COPAS DE VINO, UNA BARRERA CAÍDA, UNA VERDAD QUE DUELE PERO QUE DEBE SER OÍDA


Tengo que tomar una decisión.

Bebo un trago largo del contenido de mi copa y acto seguido le doy una profunda calada al cigarro que sostengo con fuerza entre mis dedos. Y después otra. Estoy nerviosa, acelerada y muy, muy triste. También furiosa y bastante cansada.

Pensé que esta vez sería diferente. Que este hombre era diferente. «Qué jodidamente estúpida puedes resultar, Carolina».

El día que lo conocí me pilló con la guardia baja, de esas veces que el dolor ataca con fuerza y los demonios se cuelan bajo la piel y necesitas algo que te calme, que te haga sentir viva por unos putos momentos. Y allí estaba él, otro de los cientos —sí, cientos—, de tipos que invadían mi vida privada, con seguridad en un nuevo intento de llegar hasta mi cama. Qué agotamiento rechazarles con tacto y educación. Quisiera gritarles lo que pienso: «No quiero follar, señores. Si esa fuera mi intención me apuntaría a follamigos.com y santas pascuas» pero como mi amigo Paco me repite hasta la saciedad: «Todas las mujeres somos pasteles. Y todos los hombres tienen hambre».

El caso es que aquella tarde me buscó y dejé que me encontrara, sin pensar, tan solo disfrutando de las bromas y las risas compartidas. Han pasado varios meses desde ese día y la montaña rusa en la que estamos subidos a veces me vuelve el corazón del revés.

Es un hombre dominante, complicado, exigente y cerrado. Demasiado intransigente. Detesto a las personas que te piden todo y no dan nada de sí a cambio.

Que no hablan de ellos y cuando pasa el tiempo te das cuenta de que tienes frente a ti a un completo desconocido, alguien a quien miras a los ojos y piensas ¿amigo o enemigo? Y Francisco es así. Le gusta hurgar en mis heridas, conocerme a través de mis cicatrices, pero detesta darse cuenta de que no le agrada lo que encuentra al escarbar. Y yo debo parecerle muy fea. Al menos por dentro.

Por fuera le vuelvo loco. Adora mi cuerpo, y con lo que más disfruta es con la posibilidad de que lo rinda al suyo, que mi placer sea también el de él, que nuestras fantasías no tengan límite, si son compartidas.

Me enciendo otro cigarro, sin querer fijarme en que me tiemblan las manos. El sexo no es problema. O sí.

Incluso ahí me deja poco margen de acción. Le chifla mi disposición, ese «haz conmigo lo que quieras que yo te sigo» que escapa de mis labios cuando más lo necesita, sin embargo si propongo alguna innovación me reconduce a sus propios gustos con mano firme, como si tirara de las riendas de una yegua rebelde. En realidad espera que disfrute con él y no a la inversa. No es un juego de dos, aquí hay un solo jugador con un peón blando y dispuesto.

Apuro el fresco y delicioso vino y sentir el calor en el estómago y el ligero mareo me calma un tanto. Le hago un gesto al camarero para que me sirva una segunda copa, segura de que es una estupidez pero necesito la bendita anestesia que supone que el alcohol me embote los sentidos.

No quiero perderlo pero tampoco lo conservaré a toda costa. Ya no soy de esas. Ni él es el hombre por el que lo di todo en el pasado. Y, sobre todo, no pienso pedir disculpas por explicar cómo me siento e intentar que entienda que me está haciendo daño. Sinceramente, ya no puedo con tanto dolor y sus heridas siempre son mortales.

Me siento usada, como la puta que quiere en su cama, sucia y denigrada. Hay algo más que no le he dicho y que me callaré para siempre. Porque si algo he aprendido es que no puedo ser yo con Fran.

Y quizá ese es el gran problema. Llevo una gran máscara a diario que luzco con resignación frente al mundo, no obstante me niego a fabricar otra para él. A callar, a fingir, a mentir.

He vivido mucho y muy mal y ahora estoy preparada para dar lo mejor y lo peor de mí pero no a sufrir en silencio, no a seguir ciegamente a otro, no a ser esclava de nadie.

Le echo un vistazo rápido al reloj y compruebo que mi intuición es cierta. Llega tarde. Probablemente no va a venir. Ahogo un suspiro en mi copa de vino mientras pierdo la mirada en las luces de la ciudad. Me siento muy sola en esta terraza repleta de amigos y parejas pasándoselo bien y rodeada de gente que va y viene, sin embargo no es una soledad por falta de compañía, sino cargada de incomprensión, de fracaso, de frustración y de desengaño, como si no perteneciera a ninguna parte.

De repente le veo emerger de entre la multitud, alto, fuerte, guapo y con esa actitud entre tímida e imponente que tanto me atrae. Y según se acerca puedo interpretar la expresión de sus ojos oscuros tras las gafas de pasta negra. Es fría, distante y dura.

Me levanto despacio mientras cojo mi bolso.

He tomado mi decisión.

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