• Raquel Mingo

LA CHICA MALA Y EL PECADOR IMPENITENTE (relato corto hot)


La fila para pedir era enorme, pero no podía marcharse de allí sin su capuchino, o no sobreviviría al resto de la mañana. Intentó entretenerse con el móvil mientras esperaba, sin embargo el insistente cosquilleo que llevaba sintiendo en la nuca durante los últimos minutos le impedía concentrarse.

Sin poder soportarlo más se giró en redondo, y casi dejó caer el iPhone cuando interceptó unos ojos de un azul tan profundo como nunca imaginó que pudieran existir.

«Dios mío, cómo está ese tío de bueno». Y mira que había visto hombres guapos en su vida. Era modelo, así que estaba más que acostumbrada a los tipos cachas con rostros de ángeles. Pero aquel que la observaba sin disimulo alguno no tenía nada de celestial, sino más bien de pecador impenitente, y su mirada ardiente y voraz le decía mientras la desnudaba sin vergüenza desde su asiento que lo que veía le agradaba mucho.

No era una sorpresa que la desearan, se paseaba medio desnuda por las pasarelas de medio mundo, y no iba mucho más vestida cuando posaba para las portadas de las más exclusivas revistas de moda, sin embargo la mirada de ese adonis tenía un punto de soberbia, de insolencia, que la cabreó.

Así que hizo lo que solía hacer en situaciones así. Sacó a su chica mala a pasear. Con una sonrisa le pidió al joven que estaba delante de ella que le guardara el sitio, el cual aceptó casi tartamudeando antes de que la morena que iba a su lado le diera un codazo en las costillas, mosqueada. Meneando la cabeza ante la estupidez de los hombres se salió de la fila y se acercó a una mesa vacía, frente al hombre con el traje caro, y se puso de espaldas a él.

Colocó el pie en el barrote de una de las sillas y utilizó la manida excusa de arreglarse la tira del zapato para agacharse. Su cortísima minifalda negra de vuelo se alzó a alturas indecentes, tan indecentes que mostró las perfectas esferas de su culo y el ridículamente pequeño tanga rojo fuego. Con disimulo echó una mirada furtiva hacia atrás y comprobó encantada que su estratagema había dado resultado. El tipo había ladeado la cabeza para no perderse detalle de su numerito, y una sonrisa socarrona perfilaba sus sabrosos y sensuales labios. No le importó que la mitad de la cafetería estuviera babeando con las mismas vistas, a fin de cuentas solo tenían que comprarse el Vogue de ese mes para poder disfrutar de mucho más de lo que les estaba ofreciendo en esos momentos.


Con pasos largos y seguros volvió a su lugar, ya mucho más cerca de la zona de pedido, escuchando el repiquetear de sus tacones de aguja sobre el suelo embaldosado, y esperó a que le tomaran nota y le sirvieran el café. Le dio un sorbo a su expreso con leche, lamiéndose la espuma con sabor a canela del labio superior con la punta de la lengua mientras se daba la vuelta lentamente.

La mesa donde poco antes había estado sentado aquel macizorro descarado estaba vacía, y se sintió decepcionada, y hasta algo avergonzada por su burda actuación de antes.

Cuando salió a la calle con su vaso de plástico entre las manos ya había decidido olvidar aquel tonto episodio, y le devolvió la sonrisa al rubio de dientes perfectos que se la comía con los ojos mientras caminaba hacia la acera.

Entonces una reluciente limusina se detuvo junto al bordillo justo cuando iba a cruzar el paso de cebra, y apenas tuvo tiempo de ver su propia imagen en el cristal tintado cuando la ventanilla del pasajero comenzó a bajar, revelando esos ojazos azules que tanto la habían impresionado fijos en los suyos.

—¿Eso… —Él hizo un gesto con la cabeza en dirección a la cafetería— era una invitación? —La joven pensó que era guapo a rabiar. La pena era que también fuera tonto del culo.

—¿Lo era tu mirada de depredador? —La ceja masculina se alzó en muda pregunta— ¿Esa que daba a entender «Te voy a dar lo tuyo, nena. Y te va a gustar horrores»? —Aquellos labios que se moría por probar se estiraron en una sonrisa divertida, pero se mantuvo en silencio. Él tiró de la manilla y la puerta se abrió, lo suficiente para que supiera lo que quería, aunque no demasiado, ya que ella seguía de pie frente a esta. Se le quedó mirando con tranquilidad.

—Sube. No disponemos de mucho tiempo.

—¿Quieres que lo hagamos en el coche? —El tipo miró su carísimo reloj.

—He de estar en una reunión en una hora, no tengo tiempo de reservar una suite en un hotel de cinco estrellas y pedir champán y fresas, encanto —La joven alzó la mirada hacia el otro lado de la calle, donde el elegante letrero de un prestigioso hotel de renombre internacional le hacía guiños. Los ojos azules seguían fijos en ella, conscientes de lo que estaba pensando—. Te aseguro que aullarás de placer, preciosa —La mirada femenina se desplazó hacia la ventanilla del conductor, en ese momento cerrada—. No puedo decirte que no sabe lo que va a ocurrir aquí dentro, aunque esto es entre tú y yo, a no ser que desees otra cosa, claro. —Le observó, claramente impresionada.

—¿Tú… me compartirías con él? —susurró, por primera vez planteándose lo que estaba a punto de hacer.

—Haría lo que te diese placer. Un hombre, dos… diez. Cualquier cosa con lo que disfrutes, me vale. Ahora sube al coche, quiero follarte. —Los segundos pasaron mientras se retaban con la mirada. Pero era una batalla perdida. Quería tirárselo desde que le pillara observándola en la cafetería. La puerta se cerró con suavidad tras ella, y el coche se integró en el tráfico de la mañana casi sin que lo notaran—. Desnúdate—ordenó con voz ronca.


—Creí que no teníamos tiempo…

—Las bragas, encanto. Dámelas —Antes de replanteárselo se las quitó y se las entregó. No sabía por qué se comportaba con tanta timidez, cuando siempre había visto el sexo como algo natural y desinhibido, pero ese hombre era demasiado dominante y controlador para su gusto, y contra todo pronóstico la volvía complaciente y sumisa. Jadeó cuando le vio llevarse la prenda íntima a la nariz y aspirar profundamente—. Me va a encantar probarte —admitió, enardeciéndola—. Ahora la falda. —Se deshizo de ella con rapidez, quería llegar a la parte buena cuanto antes. Los ojos masculinos se quedaron clavados en su sexo, totalmente depilado. Le vio inspirar hondo, como si necesitara fuerzas, y sonrió por dentro. Aquello era necesario por su profesión, ya que muchas de las prendas que tenía que ponerse eran tan nimias que a veces el vello suponía un problema. Y sabía que a la mayoría de hombres su ausencia le encantaba. Como a aquel.

—¿Quieres que me quite el resto? —sugirió cuando pareció que él no podría articular palabra. Su asentimiento fue cuanto necesitó para terminar desnuda sin ningún pudor, otra prebenda de su trabajo. La mirada apreciativa del hombre le dijo cuanto necesitaba saber.

—Eres perfecta —La alabó, sus ojos refulgiendo mientras la devoraba de la cabeza a los pies.

—¿Y tú? ¿Te bajarás al menos la cremallera? —Le pinchó, tan solo para ver su reacción. Aquella sonrisa matadora apareció de nuevo y fue extraño, porque tenía la impresión de que no la dejaba salir muy a menudo.

—Desvísteme tú, cielo.

—No soy tu cielo —rebatió, segura de que llamaba así a todas las mujeres que se tiraba en sitios como aquel.

—Y sin embargo antes de que nos digamos adiós me vas a hacer tocarlo con la punta de los dedos.

—Con la punta de algo sí. —La carcajada masculina retumbó contra las paredes de la limusina, mientras las manos de ella lanzaban la corbata por el aire y abrían los botones de la camisa uno por uno, en rápida sucesión, acicateada por los largos dedos que acariciaban su piel sin descanso, incitándola a terminar de una vez. Por fin la prenda se abrió, y suspiró al tener frente a sí aquel pecho musculoso y trabajado, que suplicaba atenciones. Bajó la cabeza y pasó la lengua por los planos pezones, que se endurecieron con el contacto, a la vez que tiraba del cinturón de piel hasta sacarlo de las trabillas y lo dejaba caer al suelo. Lo siguiente fue el botón y la cremallera, que al abrirse dejaron entrever una seductora mata de vello púbico—. ¿Nada de ropa interior sexy y ajustada?


—Me gusta sentir. Y los calzoncillos me oprimen —Cuando sacó la mano con su erguido miembro dentro, supo a lo que se refería. Decir que estaba bien dotado no le haría justicia. Se relamió los labios, anticipándose a la sensación de tenerle dentro—. He cambiado de opinión —Sus ojos volaron hasta los azules, descubriendo la chispa de diversión que los iluminaba—. Me apetece que tu boca me constriña muy, muy fuerte —Sintió la humedad brotando de entre sus piernas mientras le sostenía la mirada, y se dejó resbalar por el asiento de piel negra hasta el suelo de moqueta, entre sus muslos abiertos—. Abre bien la boca, nena, quiero que te entre entera —Pensó que era imposible, ya que con su grosor y longitud no le cabría ni la mitad, pero se moría por intentarlo. Sacó la lengua y la pasó por el glande, suave, caliente e hinchado, y apoyó los labios alrededor, apretándolo, mientras sus manos ya habían comenzado a ordeñarlo a buen ritmo, fascinada con los graves gemidos que salían de la garganta masculina según aumentaba la presión y la velocidad. Aquellas grandes manos se enroscaron en torno a su cabeza, aferrándose a su cráneo, tirando de ella para que se acercara más, para poder entrar otro poco en su interior. Abrió la boca cuanto pudo, estirando los labios sobre su carne henchida—. Vamos, cariño, puedes con toda, ábrela más. Así… no pararé hasta que te acaricie la garganta con la punta… Ahhh, lo haces tan bien… —Se enredó su larga cabellera alrededor de sus puños, inmovilizándola, y a continuación comenzó a follarle la boca con embestidas brutales, cortas, rápidas y profundas, que efectivamente chocaban contra el fondo de su garganta, obligándola a engullirle por completo y provocándole arcadas—. Relaja la boca y respira por la nariz. Eso es… Así te la follo mejor… —Las estocadas se volvieron frenéticas, salvajes, y ella solo podía quedarse inerte, con la boca disponible para él, dejándose arremeter una y otra vez durante interminables minutos hasta que con un agónico grito le sintió tensarse, apretar aún más su cabeza y ordenar— Es tuyo, pequeña, no dejes nada —Poco después aún seguía de rodillas en el suelo, observándole recuperar el aliento. Era un hombre hermoso, aunque inquietantemente dominador. Él se incorporó, y acercándose como una pantera al acecho de su presa la cogió de la nuca y le comió la boca en el beso más sensual y abrasador que le hubieran dado jamás. Cuando se separaron, los ojos azules volvían a brillar con las brasas de la pasión—. Es tu turno —prometió, antes de cogerla por las nalgas y dejarla contra el asiento frente a él, con las piernas enganchadas a sus hombros.

Apenas le dio tiempo a apoyar la espalda y su boca ya estaba comiéndosela con desenfreno, preparando el terreno para una liberación rápida y feroz. Sus manos subieron hasta sus pechos, amasándolos con fuerza, concentrándose en sus pezones en cuanto descubrió su extrema sensibilidad. Mientras la lamió, la sorbió, la penetró con una lengua conocedora del cuerpo femenino. Daba igual a quién perteneciese, su dueño era un experto en dar placer, y en hacerlo en el menor tiempo posible para así disponer de más para obtenerlo él mismo.

Con esa premisa en mente introdujo dos de sus dedos en su lubricado canal y los movió con rapidez, sonriendo para sí cuando los gemidos aumentaron de intensidad. El orgasmo no se hizo esperar, y mientras la penetraba con fuerza, casi con violencia, le mordió el clítoris con cierta rabia, consciente de que podía hacer con ella lo que quisiera, que había llegado al punto de que era suya.

Se sentó sobre los talones, mirando con regocijo su cuerpo laxo, tembloroso, su sexo deliciosamente rasurado chorreante y rojo por sus juegos algo brutos. Quería calzársela ya.

Sin muchos miramientos la cogió de las caderas y le dio la vuelta, poniéndola de rodillas sobre el suelo, con el estómago descansando contra el asiento. Por la tarde probablemente tendría raspaduras, pero podría consolarse con el agradable recuerdo de aquel polvo.

La penetró con una larga y poderosa embestida, sumando a su grito agónico el suyo propio. Joder, qué gozada era sentirse rodeado por el calor líquido de aquella hembra en celo… Ella era ardiente como el infierno. Claro que todas lo eran, cuando las incentivabas lo suficiente. Y él era un maestro enseñándoles lo que esperaba de ellas.

—Ahhh… Te gusta, ¿verdad?

—Sí… No pares… —La carcajada masculina resonó en su oído como la vibración de un juguete erótico.

—¿Parar? Si no fuese por esa reunión te estaría montando el resto del día. —Ella gritó, tanto por sus palabras, como por las estocadas, que sentía hasta en el alma. La cabalgaba con furia, sus dedos clavados con fuerza en su cadera, mientras su otra mano estaba enganchada a su pecho izquierdo, donde seguramente le dejaría moratones. Sintió el mordisco en el cuello antes del escalofrío—. Quiero que me recuerdes—se justificó él, y ella pensó que tardaría bastante en olvidarle, con o sin marca.

—Por favor… Necesito correrme… No puedo más…

—Claro que puedes. Nunca es suficiente placer. —A pesar de ello metió tres dedos en su sexo, junto a su polla, y comenzó a mover la mano a un ritmo diferente al de sus embestidas. Segundos después, su pulgar se sumó a la ecuación, rozando su clítoris con pasadas circulares. La joven gritó, y ya no paró de hacerlo hasta que el mayor y más intenso orgasmo de su vida se apropió de su cuerpo, deshaciéndola en mil pedazos. Después solo quedó el hombre despótico que seguía clavándosela con violencia una y otra vez durante lo que le parecieron horas, manejándola a su antojo, hasta que un gemido bajo y ronco anunció su propio clímax, tan fuerte y poderoso como el suyo. Cuando se recuperó, le dio una fuerte palmada en la nalga y salió de su interior— Bonito culo, por cierto. Olvidé decírtelo en la cafetería. —Ella se rio, recordando aquel momento de locura. Y el ambiente relajado se mantuvo mientras se vestían, mirándose entre sonrisas cómplices.

La muchacha estaba abrochándose los zapatos cuando él tiró de ella, llevándola consigo a su asiento, y lo hizo por ella, el único gesto galante que le había visto hacer. Después le devoró la boca en un beso ardiente y húmedo, la mejor despedida de todas. Se miraron a los ojos durante una fracción de segundo antes de que la puerta se abriera, esta vez para dejarla salir.

—Encantada de conocerte —se despidió la joven con una sonrisa sincera. Él la observó un momento en silencio, sin dar ninguna muestra externa de haberse percatado de que tras ella el enorme cartel publicitario había cambiado, mostrando la imagen que estaba en las páginas centrales de todas las revistas de esa semana, la de la modelo internacional más cotizada de esos momentos.

—Ha sido todo un placer, Elisa.

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